miércoles, abril 11, 2007

Cerebro en una botella


Bryan Kolb y Ian Q. Whishaw nos cuentan en su libro “Cerebro y conducta” la ingenua interrogación de su amigo Harvey sobre lo que sucedería con su cerebro si lo depositasen, tras morir su cuerpo, en un frasco con los nutrientes adecuados.

¿Podría comunicarse con los demás a través de señales eléctricas?. ¿Conservaría su ser, su consciencia, sus pensamientos, su inteligencia?...

La respuesta, por muy dolorosa que sea, es no. Y no sólo por las dificultades técnicas del embotellamiento del órgano. Como Kolb y Whishaw señalan, su amigo pensaba en el cerebro no cómo un órgano ubicado dentro de un cráneo, sino como aquello que ejerce el control de la conducta. ¿Nos la podemos ingeniar –se preguntan- para conservar lo que ejerce el control sobre nosotros mismos dentro de una botella?.

El cerebro está conectado al resto del cuerpo, del que recibe todas las aferencias sensoriales y al que envía todas sus eferencias motoras, no es independiente del cuerpo del mismo modo que el alma no está separada tampoco del mismo. El fantasma en la máquina quizá pudiera ser un cerebro en una botella, o en silicio, pero el cerebro humano, producto vivo de la evolución, adaptación compleja al medio externo pero también al medio interno del organismo, no.

“Lo que Harvey quería probar en el experimento cerebro en una botella era si su cerebro podía mantener una conducta inteligente en ausencia de las sensaciones y los movimientos que aportan las conexiones del encéfalo con el resto del cuerpo”.

Nos hablan Kolb y Wishaw de los estudios de Edmond Jacobson y Donald O.Hebb, en los años 20 y 50 del siglo pasado, respectivamente.

Jacobson se percató de que la ausencia de movimientos total es mentalmente imposible. Hay siempre movimientos, siquiera subliminales relacionados con nuestra actividad pensante: los músculos de la laringe se mueven cuando pensamos con palabras, y los ojos lo hacen cuando imaginamos una escena visual. Los sujetos a los que Jacobson entrenó en la relajación total experimentaron un “vacío mental”, como si el cerebro hubiese quedado en blanco. El nirvana, supongo.

Hebb deprivó sensorialmente a sujetos (voluntarios, claro), manteniéndoles en una cama en una habitación insonorizada, totalmente quietos y cubiertos sus brazos con cilindros que anulaban su tacto y los ojos con gafas translúcidas que les cegaban. Los voluntarios lo pasaron bastante mal, y muchos tuvieron alucinaciones, “como si sus cerebros estuvieran intentando crear de algún modo las experiencias sensoriales que habían perdido repentinamente”.

A partir de aquí Kolb y Wishaw concluyen que “el cerebro necesita una experiencia sensorial y motora continua para mantener su actividad inteligente”.

Pienso que las experiencias que se dan en las cercanías de la muerte, como la de flotar por encima del propio cuerpo o la de atravesar un túnel, quizá no sean más que alucinaciones producto de la deprivación sensorial progresiva.

La filósofa Manuela Lenzen nos expone en la revista Mente y Cerebro (Nº 10, Enero 2005) la idea de Holk Cruse, experto en biocibernética de la Universidad de Bielefeld, sobre el movimiento y el cerebro: “Sólo en relación con el control de los movimientos se hace necesario el pensamiento en los organismos complejos, y a la vez, sólo con ello se hace también posible”.

Cruse ha desarrollado una red neuronal artificial para imitar el comportamiento de acción-reacción de un hexápodo (un ejemplo es el insecto palo) con cierto éxito. Esto le ha servido para constatar la complejidad de elaborar una red que sea capaz de realizar movimientos complejos como los de las patas de un Jaguar o el brazo de un primate. Para estos últimos “el cuerpo ha de adquirir una imagen interior de su propia geometría. Sólo entonces puede acometer tareas que admiten diversas soluciones, entre las cuales hay que decidirse por una…..los organismos complejos utilizan el modelo que tienen de su propio cuerpo para el control de los movimientos. Si pueden activarlos sin tener que obrar enseguida, entonces el sistema reactivo se convierte en cognoscente. En vez de ejecutar inmediatamente una acción –en respuesta a una percepción- un organismo de este tipo puede primero representársela en el cerebro y evaluar las consecuencias…..no tendría que aparecer ningún módulo nuevo, ninguna central mental nueva en el cerebro de los organismos, para que éstos pudieran por fin hallarse en condiciones de hacer un alto en sus movimientos y reflexionar. Para ello bastaría una pequeña modificación de los sistemas preexistentes. En apoyo de tal propuesta se aducen diversas pruebas. En el córtex prefrontal del cerebro humano se activan las mismas regiones en la planificación de las operaciones y en su ejecución”.

También nuestras emociones, cimiento de nuestro sentir y por tanto en gran medida de nuestro pensar, se transmiten, se comunican, a través de movimientos del rostro y del cuerpo en general, que se reflejan en las neuronas especulares de los otros. Y así lo sensorial y lo motor se funden en un abrazo que une a las personas al tiempo que se unen en el cerebro de cada una de ellas.

“El modelo del cuerpo interviene también en la percepción y probablemente en a comprensión de los movimientos de los demás”.

¿Podemos meter un cerebro en una botella y esperar que se comunique con los demás, que sea una especie de mensaje con mensajero, de genio, en la botella?...¿podemos esperar que sienta algo, si no tiene cuerpo que sentir, y que piense algo, si no tiene laringe que articular, que vea algo si no tiene ojos que mover, en definitiva que haga algo si no tiene nada que mover?. La respuesta, ante lo expuesto, es no.

Y mientras escribo estas palabras, en “Saber Vivir”, de TV1, hablan de la enfermedad del Parkinson en su “día internacional” y alguien comenta algo de la película “Despertares”. En ella unos enfermos de una forma extrema de parkinson suscitada por un microbio patógeno, llevados a la parálisis total, despiertan muchos años después al tratarles un doctor con L-Dopa, un precursor de la dopamina. Recuerdo vagamente una escena: Robin Williams preguntaba a De Niro, después de salir este de su letargo, si había sentido algo. De Niro decía haber estado atrapado en una prisión. En dicha prisión tampoco podía pensar, solo sentir la claustrofobia. Pero algo de cuerpo le quedaba, no era un cerebro en una botella.

19 comentarios:

Carlos Paredes Leví dijo...

Me aterra pensar en el tipo de experimentos a que pueden someter a los individuos en nombre de la ciencia. La limitación sensorial puede ser una forma extrema de tortura, lo mismo que manipulaciones quirúrgicas en el propio cerebro. No me extrañaría que acciones así se estuvieran llevando a cabo en países como China, Corea del Norte, etc. porque siempre hubo cierta pasión, entre los científicos, por controlar las mentes ajenas...
Terrorífico.

Germánico dijo...

A mi tampoco me extrañaría nada, Carlos.

Además en China la tortura es -una tortura china.

Carlos Paredes Leví dijo...

Menos mal que está allá María Teresa de la Vega denunciándolo...

Germánico dijo...

Pues como los denuncie la prensa extranjera le preguntará si ella es otro experimento....

Carlos Paredes Leví dijo...

sí, un experimento fallido...

Ijon Tichy dijo...

Siendo adolescente (vamos, hace mucho) tenía una obsesión sobre como estar seguros de no ser solo cerebros encerrados en un cubil y sometidos a estímulos engañosos por algún ente perverso.

La situación temporal es para aclarar que hablo de antes de la filmación de "Matrix".

Germánico dijo...

Si le hubieses echado un pelín de literatura ahora serías archimillonario.

La próxima idea rara de ese tipo que tengas la publicas en este blog.

Yo de niño, en mi egocentrismo solipsista, me preguntaba si las personas se seguían moviendo cuando yo les daba la espalda.

Juan Pablo dijo...

Ya no se puede creer ni en la ciencia ficción!.
Mary Wollstonecraft Shelley mentirosa!

Germánico dijo...

No se puede culpar a la pobre Shelley. En su época se empezaba a descubrir que lo biológico tenía electricidad. Como dice Guy Brown en su libro "La energía de la vida", Galvani descubrió en la década de 1770 que al diseccionar una rana pasaba una chispa eléctrica del escalpelo al nervio de la pata, lo que provocaba la contracción de la pata de la rana. Después se hicieron varios experimentos entre los que hubo uno en el que, en una noche de tormenta, con una rana cortada por la mitad, se conectaron los nervios de las patas de esta a un cable que apuntaba al cielo. Con cada descarga eléctrica del cielo la rana (o media rana) contraía las patas. De ahí surgió el mito de Frankenstein, pues se relacionó la electricidad con la llamada "fuerza vital". Y el caso es que no iban desencaminados. Pero el proceso es mucho más intrincado, complejo y armonioso que la lineaidad de una descarga inducida y el movimiento vital. Si no fuera así quizá el cerebro en la botella pensase.

Bernita dijo...

Germánico, a mi lo del cerebro en la botella me sugiere una sensación similar de claustrofobia igual a la que sentí el otro día al pararse el ascensor en el que iba... agobiante. Mucho mas preferible la amiga muerte, así llego a la misma conclusión que tus científicos por la vía directa. Solo pensar en el experimento me produce repelús, de donde deduzco que tus cientificos tienen un poco de deprados. Claro que todo el día pensando en lo mismo lleva al extremo. aghhhhh...

Germánico dijo...

Yo en realidad no existo como cuerpo humano. Soy solo un cerebro en una botella conectado a la red.

Tampoco está tan mal Bernita. Además han rellenado la botella de cerveza y estoy muy agustito.

Juan Pablo dijo...

Gracias por la ampliación Gérman, siempre un lujo.

Germánico dijo...

Se la debemos al trabajo erudito de Guy Brown. Me acordé al leer tu comentario y, como estoy en casa de baja, me arrastré malamente hasta la librería y lo busqué.

juan pablo dijo...

Vos sos casi como Tichy, un cerebro conectado a una botella.

Germánico dijo...

Como antes le decía a Bernita, a una botella de cerveza.

Lebeche dijo...

Simplificando una barbaridad, me imagino el cerebro como una pila. Es inútil, por si sóla, sin una aparato al que dar su energía. El aparato tampoco es nada sin la pila.
Es además el organo rector con lo que, como bien concluyes, no tiene objeto si nada que dirigir.
Esto son interpretaciones, aparentemente lógicas, que nada tienen que ver con la ciencia, que pasan por el terreno de lo meramente especulativo (al parecer ya no) y que podrían haber evitado experimentos como los que mencionas. Pero en fin... la ciencia lo tiene que comprobar todo, es su naturaleza, aunque pueda parecer paradójico.
Un abrazo

Germánico dijo...

El experimento en sí no me consta que se haya realizado (salvo, como dice Carlos, en Corea del Norte, donde cualquier monstruosidad es posible). Fue un juego de imaginación del amigo de unos neurocientíficos que estos, sin necesidad de diseñar un experimento real, descartaron por simple lógica, a partir de sus conocimientos del cerebro.

Abrazos.

Mónica dijo...

Entonces, ¿no voy a levitar? ¿No hay túnel?

¿Y ahora?

A ¿dónde carajo vamos?

(ya viste la peli "What the bleep?", no?)

Germánico dijo...

¿A dónde carajo vamos?.....Al....¿carajo?.

¡Por Dios!, espero que no.

Por Dios espero que no, tome la forma que tome.