viernes, diciembre 14, 2007

Energía Solar III ¿Y cuánto cuesta?

Andaba uno dándole vueltas infructuosamente a como explicar de forma sencilla y sin sacarse (aparentemente) de la manga demasiados datos con el fin de responder a la pregunta que titula el post cuando de repente vi la luz: Mejor que hablar de costes, hablemos de precios.

En efecto, buena gana de liarse con costes de inversión, gastos de explotación TIRs, VANs, Paybacks y zarandajas, cuando tenemos la respuesta en el BOE.

Veamos una vez más el ya famoso RD 661 que regula las tarifas a las que se compra la energía a los productores de renovables. En la página 17 tenemos que la tarifa para pequeñas fotovoltaicas (grupo b.1.1) es de 44,0381 c€/kWh. ¿Eso es mucho o es poco? Si buscáis vuestro recibo doméstico y veis que ese kWh os lo están cobrando en torno a 9 c€/kWh, no hace falta ser Einstein para deducir que algo falla. ¿Quien le paga la diferencia al productor de energía solar? Acertaron, el estafado contribuyente.

¿Y cual es el precio de verdad de la electricidad en el mercado? Aclaremos que el RD 661 arriba citado regula y tarifica la producción en régimen especial (cogeneración y renovables). Para el grueso de la producción (carbón, hidráulica, nuclear, ciclos combinados, fuel) el régimen ordinario de producción eléctrica establece un mercado (manipulable y manipulado, eso sí, debido al oligopolio generador, pero mercado). Las ofertas y demandas se casan a diario entre productores y distribuidores arrojando un precio de mercado.

Lo podemos encontrar por aquí, pero si no queréis buscar (es una página muy poco amigable), os diré que el precio medio del mes pasado (noviembre) fue de 4,7 c€/kWh, si bien aclaremos que se trató de un precio anormalmente alto. El resto del año ha estado por debajo de los 4 c€/kWh.

Seguro que el lector inteligente (los pepiños, ante tanto número, ya habrán abandonado) está con la mosca tras la oreja. ¿Serán así el resto de renovables? Pues no. Si volvemos al RD 661, veremos que, por ejemplo, la energía eólica (grupo b.2) tiene como tarifa 7,3228 c€/ kWh. Es decir, si tomamos como base la media de mercado de noviembre 4,7 c€/kWh, la eólica tiene una prima considerable, pero bastante razonable (del orden del 55%), y, desde luego, por debajo del precio de venta al consumidor doméstico, pero la prima para la solar, con esa misma base, sería ¡¡¡¡¡del 850%!!!!!!

Vamos, que no todas las renovables son iguales. La utilización de molinillos tienen ciertos problemas, aparte de los evidentes relativos a las pocas horas de funcionamiento equivalente al año, pues la saturación en una determinada zona obliga a sobredimensionar líneas, subestaciones, etc. y está subordinada a circunstancias impredecibles (cuando soplará el viento). Pero implantados con moderación, son una buena ayuda para reducir el consumo de energía fósil.

En cambio, a día de hoy, las subvenciones a la implantación masiva de placas fotovoltaicas, a lo que en realidad conduce es al enriquecimiento de unos cuantos (en la última lista de los más ricos de España ya se ha colado algún avispado fabricante), pues la escasez de silicio solar y de placas ha conducido a un mercado especulativo donde el precio no responde al coste, sino a la subvención que recibe de nuestros impuestos el productor.

En otro de los post de esta serie preguntaba el amigo Remache por otros tipos de renovables, prácticamente inexistentes, como serían el aprovechamiento de las olas o las mareas. Bien, éstas se encuadran en el grupo b.3 con una tarifa de 6,89 c€/kWh, por debajo de la eólica y a años luz de las placas solares. La pregunta es evidente: ¿Esto es así por amor al sol o por la tajada que están sacando unos cuantos?

El dinero público para apoyar tecnologías renovables que con un ligero empujón y el lógico abaratamiento de escala puedan llegar a competir en el corto y medio plazo, me parece estupendo y necesario. Las tomaduras de pelo para enriquecer a cuatro especuladores y algún político que pasa por allí, pues no.

Hace unos días, un conocido periodista arremetía injustamente contra las energías renovables, para defender la energía nuclear y hablaba de las subvenciones a la eólica. Con las cifras de arriba creo que queda bastante claro que la tomadura de pelo actual no está en los molinos. Nuclear sí, y renovables también. Pero sin mezclar churras y merinas.

martes, diciembre 11, 2007

Ausencia

Abandono los libros de neurociencia. Abandono los libros de microbiología, ecología, biología molecular, antropología, etología. Abandono la revista Investigación y Ciencia. Abandono la debida atención a mis obligaciones como padre y esposo. Abandono mis largos paseos por lugares de naturaleza abierta. Abandono el alcohol. Abandono la blogosfera. Abandono toda esperanza y me lanzo kamikaze a una oposición imposible, contrarreloj, sobre un tema que no me interesa especialmente y en el que no tengo gran conocimiento o pericia, como Don Quijote se lanzó a sus molinos, creyéndolos gigantes.

El año pasado, aproximadamente por estas fechas, tuve una depresión, o algo parecido. Este lo que tengo es un arrebato, una manía. Mi trastorno bipolar tiene periodicidad anual y se manifiesta en el cambio de año. Volveré en un par de meses, y quizás antes, brevemente, en alguna fecha señalada. Confío en que en mi ausencia Ijon Tichy les amenice el paso por este humilde lugar de Internet.

Un abrazo a tod@s, amig@s.

miércoles, diciembre 05, 2007

Triste, pero bello


Agridulce post del Coronel.


El movimiento del fuego es una danza de la materia que desaparece, transmutada en volátil plasma. Uno imagina que algún fuego alimentó ese hermoso cuerpo ahora tendido inerte, y que lo abandonó al morir, sin extinguirse. Pero la combustión requiere un combustible, y el alma requiere un cuerpo.¿No es inmensa y profundamente doloroso constatarlo cuando nuestro amor yace muerto?.

jueves, noviembre 29, 2007

¡Fúmate un porrito, abuelo!

Al principio uno olvida algo reciente y de poca importancia. Dado que eso nos ocurre a todos a menudo no es motivo de preocupación. Pero poco a poco los olvidos son más frecuentes, más llamativos, más incomprensibles e inexplicables. ¿Cómo me he podido olvidar de eso?....”¿Cómo pudiste olvidarlo?” –le reprenden. El carácter cambia. Es muy posible que el afectado se vuelva irascible y melancólico. El verdugo endógeno realiza lenta pero implacablemente su labor de destrucción. Al final quedará un residuo de humanidad en forma de reacciones fisiológicas sin personalidad. La identidad del enfermo habrá desaparecido. Será un muerto en vida. Su hora habrá llegado mucho antes de lo que debiera.

La enfermedad de Alzheimer acompaña a la vejez. Excepciones a esta norma son aquellos que la desarrollan precozmente por una condena genética y aquellos que no la desarrollan nunca, aún llegando a avanzada edad. Ejemplos extremos de lo primero son los entrañables niños del síndrome de Down, que tienen una copia extra del cromosoma 21, donde habita uno de los genes que, proteína través, provocan el mal. De lo segundo, en parte, son ejemplo las famosas Monjas de la congregación de Notre Dame, que han sido “estudiadas” por el benéfico efecto de su vida de “estudios” sobre la resistencia de sus redes neuronales bien imbricadas a la enfermedad. No es que ninguna tuviera Alzheimer, pero por término medio lo sufrían muchísimo menos y más tarde que la población en general. Curiosamente estos casos extremos se relacionan con la naturaleza y el ambiente de forma inequívoca, lo cual los hace aún más extremos, si cabe, y no especialmente representativos.

La mayoría de la gente que padecerá Alzheimer podrá hacer poco por retrasarlo o atenuarlo con una vida de rigurosos ejercicios mentales o físicos. Del mismo modo podría decirse que casi nadie lo sufrirá antes de los 60/70 años de edad, y muchos no lo sufrirán en absoluto. El Alzheimer es una enfermedad del desarrollo, aunque hay personas con mayor predisposición al mismo.

La biología molecular está muy cerca de explicar los mecanismos a través de los cuales se produce la característica degeneración del sistema nervioso central de esta dolencia. Parece ser que la muerte neuronal se debe a un mal corte en una proteína de membrana. Las enzimas “proteasas” que la cortan lo hacen por mal sitio y se forma un péptido hidrófobo (dicho llanamente: que tiene manía al agua) que tiende a formar agregados en el líquido extracelular. Estos agregados del péptido (Beta-Amiloide) interfieren con otros canales de membrana, los del calcio, dejándolos abiertos de par en par y creando con ello una corriente de entrada de calcio en la neurona que desencadena toda una cascada metabólica que acaba por destruirla. En la célula destruida se encuentran fibras de otra proteína, la Tau, cuya función es estructural, y que se encuentran fuera de lugar como consecuencia de los cambios metabólicos. Así la neurona implota o explota, según sufra apoptosis (muerte celular programada) o necrosis (muerte, y punto). Básicamente la cosa va así.

Hasta ahora los fármacos que se han estado administrando a los pacientes de Alzheimer han sido paliativos. Se han dirigido fundamentalmente a retrasar la pérdida de memoria a través de la protección del neurotransmisor estrella del hipocampo y zonas adyacentes (lugares donde se empieza a formar la memoria), la acetilcolina. Manteniendo el flujo de este neurotransmisor elevado se puede lograr, si no impedir la muerte de las neuronas, si al menos que las que permanezcan vivas realicen su trabajo más eficientemente. Un modo de lograr esto es inhibir la enzima que degrada la acetilcolina, la acetilcolinesterasa. Varios agentes químicos lo logran, con mayor o menor éxito.

Algunos investigadores proponen ahora el consumo preventivo moderado de Marihuana para atenuar y demorar los efectos de este insidioso mal en quien se compruebe que es propenso al mismo. Parece que la molécula psicoactiva del Cannabis inhibe la acción de la acetilcolinesterasa óptimamente, mejor que los medicamentos al uso, y además entra muy bien al cerebro fumada. Hay además otros posibles efectos positivos, que apuntan quienes investigan sus efectos moleculares y celulares, como la reducción de la inflamación en el cerebro.

Por todo lo que hemos relatado previamente, se puede entender que esto no sirve de gran cosa, a efectos de derrotar al mal. Desde hace mucho tiempo las tabaqueras nos dicen que el tabaco (sin aditivos cannabinoides) refuerza la concentración y la memoria. Y así es, pero causa más mal que bien. El cannabis, pese a los males que genera, también se ha recomendado para el tratamiento de dolores crónicos y en torno a este asunto hay mucha polémica, por tratarse de una droga ilegal (menos dañina que otras del todo legales, pero ese es otro asunto). Convenientemente depurado sin embargo podría no tener siquiera efectos psicotrópicos.

La propuesta del cannabis, defendida, entre otros, por la investigadora española María López de Ceballos no ha tenido mucha aceptación en los círculos médicos y científicos que tratan y estudian el Alzheimer. El Cannabis no va a curar la enfermedad, no es ningún remedio ni ninguna bala mágica. No deshace los ovillos de Beta-Amiloide ni recompone las placas de Tau. Tampoco impide que se formen los primeros, o que interacciones con los canales de calcio. Solamente alarga un poco el efecto del neurotransmisor básico para la formación de la memoria. Claro que, en la vejez, quizás poco tiempo sea un regalo. Y más teniendo en cuenta que, aunque la solución puede estar muy cerca para la biología celular (hay terapias con anticuerpos prometedoras), sus beneficios los disfrutarán los futuros viejos, ahora (relativamente) jóvenes.

Your Time Has Come

miércoles, noviembre 28, 2007

lunes, noviembre 26, 2007

Violencia de número

Hace no mucho tiempo se denominaba violencia doméstica a ese tipo de violencia. Creo que se circunscribía correctamente el fenómeno, y no había connotaciones políticas ni grupales. Pero hoy los informativos, esos sutiles desinformadores –especialmente cuando están en manos de la izquierda- hacen uso de una nueva terminología más cargada de ideología. Definen a la violencia ejercida por un individuo hombre sobre un individuo mujer, sentimentalmente relacionados, como violencia de género, o, más recientemente aún, como violencia machista.

Una violencia de género es una violencia que es utilizada de forma sistemática y deliberada por un género –masculino- sobre el otro, el femenino. La sociedad humana queda dividida en dos mitades, en dos grupos, por su género. El hombre ejerce la violencia por el pecado original de ser hombre, y, lo que es peor, lo hace para mantener sometida a la mujer, relegada en la sociedad a un papel secundario y servil.Una violencia de número se esconde en este planteamiento. El nosotros prevalece sobre el yo, el vosotros sobre el tú, el grupo sobre el individuo, lo social sobre lo personal. Ya no se trata de un crimen pasional o de una cuestión de celos o de machismo –por qué no- entre particulares. Ahora es un problema social.

Ayer, con motivo de ese invento llamado "Día Mundial para la Erradicación de la Violencia de Género", se manifestaron por las calles de las ciudades españolas diversas asociaciones y grupos políticos, con claro predominio de la izquierda. En Madrid, leían un manifiesto. Pedían "más recursos" para la lucha contra esta lacra. Sí, más recursos. Nunca serán suficientes porque combaten no contra un enemigo organizado y conspicuo, sino contra un fantasma y contra la paradójicamente incomprendida naturaleza humana. Todo dinero gastado en el negociado de la lucha contra la violencia "machista", al menos a partir de una determinada cantidad, será dinero perdido. Es lo que se conoce como pozo sin fondo. El problema nunca se resolverá, los resultados de toda acción pública siempre serán claramente insuficientes, pero la violencia sutil del Estado sobre el individuo se acentuará, y pagaremos más por menos, dando la sopa boba a más cuentistas organizados (en este caso tartufos del género, o, mejor sería decir, del número –a ser posible en su cuenta corriente).

Una juez (ella, sí, ella) de cuyo nombre no quiero acordarme decía que al menos en la mitad de los casos de esa clase de violencia que trataba la mujer llevaba al hombre a un estado tal de desquiciamiento que el golpe final, la explosión, solo podía verse como una consecuencia inevitable. "Les vuelven locos" afirmaba. Esa violencia psicológica, verbal, en la que la mujer es tan experta, tan hábil, no se considera en los círculos políticamente correctos. Por supuesto que no justifica la violencia, pero en algunos casos –y hay que subrayar lo de "algunos"- ayuda a explicarla. Y creo que aún se explica mejor dentro del contexto sociológico creado por un feminismo radical, en el que se pretende una igualdad completa entre los sexos.

Tampoco se habla lo suficiente de esas mujeres que denuncian y luego retiran la denuncia, que piden una orden de alejamiento y después se vuelven a juntar con su agresor. Ese era el caso de la muchacha rusa tristemente asesinada en Alicante, cuyo drama tuvo un entreacto en televisión, que es de lo que más se ha hablado y moralizado.

Ricochet

jueves, noviembre 22, 2007

El cerebro de Einstein

El genial literato checo Milan Kundera, dios de mi panteón particular, elogió, en una de sus obras, la lentitud. En una sociedad en la que las prisas se han convertido en las mejores consejeras, el sabio se desespera, y su cerebro, saturado, clama: “ve despacio, que tengo prisa”.

Hombres pertrechados con una tecnología sofisticada y una agenda repleta de eventos y encuentros se cruzan sin mirarse a los ojos por pasillos estrechos. Pensar deprisa es un imperativo ineludible, reflexionar sin un objeto una locura de ocio. Hay que juntarse en brain stormings y sacar adelante grandes empresas. La necesidad se ha hecho virtud.

¿Es nuestra sociedad tecnológica, de servicios y de imbricada división del trabajo, generadora de dinámicas que superan la velocidad de procesamiento de nuestros cerebros?. Dicen que la evolución cultural ha superado a la biológica, y que el hombre de hoy tiene que lidiar con la complejidad que ha creado, que ha evolucionado socialmente, con un cerebro que no ha cambiado desde el nacimiento de nuestra especie.

La mayoría de la gente no entiende los artilugios y los constructos que maneja. Por decirlo de alguna forma, nadan a favor de una corriente que en cualquier momento, si se rompiese el precario equilibrio, podría convertirse en un remolino que les devorase. Grandes y perfectos inútiles se congratulan de sus limitadas pericias y manejan tópicas sentencias.

Pero ¿realmente es así?, ¿se ve todo el mundo igualmente sometido a las presiones de un tiempo demasiado escaso?, ¿es nuestra época una época más acelerada?, ¿vivimos, como Santa Teresa (que vivió un tiempo teóricamente y según la antedicha teoría, más tranquilo), sin vivir en nosotros?.

Quizás el panorama mostrado sea una tergiversación de la realidad que realiza la mente, en ciertos momentos, cuando no da de sí. A mi me sucede, a casi todos nos sucede cuando las cosas nos superan. Pero una vez podemos reflexionar sobre ellas, separarnos de ellas, alejarnos de ellas, tenemos una perspectiva nueva que nos ayuda a situarlas en su justo lugar.

El hecho incontrovertible es que la naturaleza ha premiado, desde el principio, a la velocidad, penalizando a un tiempo la lentitud. Solamente en nuestras sociedades avanzadas ha podido surgir, o, mejor sería decir, ha podido prosperar, un pensamiento pausado, un análisis sosegado, una razón que se reinventa a si misma sobre la base de una imaginación totalmente irresponsable, en definitiva, un Einstein.

Einstein como arquetipo, Einstein como paradigma, Einstein como prototipo de sabio tranquilo que especula libremente. Ese tipo peculiar de hombre no habría tenido, seguramente, una vida fácil en los entornos ancestrales, ni una vida gloriosa entre los romanos o los turcos otomanos, quizás acaso, y siendo de buena familia, la habría tenido entre los griegos llamados presocráticos.

Disponer de ocio es condición necesaria, si bien no suficiente, para desarrollar pensamientos de gran alcance, pensamientos que están más allá de la supervivencia, más allá, parafraseando a Nietzsche, del bien y el mal, entendidos estos como categorías inmediatas. Hace falta un sustrato neurobiológico particular.

El ser humano ha desarrollado un cerebro que le permite hablar, imaginar, planificar, razonar. Se ha elevado por encima de sus familiares primates y muy por encima de las demás especies biológicas. Pero para ello ha sido necesaria la lentitud, y no la rapidez de procesamiento de la información, contrariamente a lo que nos dice la intuición. La velocidad de reacción es algo que nos venía de serie. Nuestros sistemas límbico y endocrino nos recuerdan de continuo cuan rápidos somos para la acción y el pensamiento en situaciones de necesidad, y ello sin “necesidad” de “pensar”, y menos aún de reflexionar. Verdaderamente estamos pertrechados con una sofisticada “tecnología”, si bien esta evolucionó a través de la larga cadena del ser y no fue pensada ni diseñada, aparentemente, por nadie.

Pero divagar y pensar despacio requieren mecanismos neurológicos distintos. Hasta hace bien poco se ha creído que todo podía explicarse por nuestra extensa y arrugada neocorteza (o isocorteza) y sus amplias zonas de asociación. Pero faltaba al menos una variable en la ecuación: las células de la glía. Estas células, muy superiores en número a las neuronas (en orden de 10 a 1), han sido durante mucho tiempo consideradas meros acompañantes de estas últimas, un apoyo “logístico”, de sostén, estructural, trófico, inmunitario y metabólico a las mismas. De hecho el término glía deriva de la palabra griega usada para “pegamento”.


Sin embargo parece, por las últimas investigaciones realizadas con astrocitos, que las células gliales, a su manera, trasmiten información.

Alfonso Araque y Gertrudis Perea, del Instituto Cajal, exponen, en un artículo publicado este mes en la revista Mente y Cerebro, algunas de las conclusiones a las que han llegado tras estudiar los astrositos en su interacción con las neuronas y entre sí.

Sin duda los mecanismos rápidos de transferencia de información tienen notables ventajas adaptativas y resultan esenciales en el reino animal, pero cabe conjeturar que los procesos lentos moduladores, como los de los astrositos, pueden ser idóneos para un exquisito ajuste y refinamiento en el procesamiento complejo de la información y en los procesos de plasticidad; en definitiva en las funciones superiores del sistema nervioso central. Expresado llanamente, para huir de un león es necesaria la rápida conducción de información desde el sistema visual al sistema motor, mas para idear una trampa que nos permita cazar un león no se requiere rapidez, sino una gran cantidad de modulación de información....

Sabido es que, a lo largo de la escala filogenética, se multiplica el número de neuronas. Crece también la proporción de células gliales. Así, la proporción de células gliales respecto al número de neuronas es inferior a uno en nematodos, uno en roedores, cuatro en mamíferos acuáticos y alrededor de diez en primates. La mayor cantidad relativa de astrocitos se da en el cerebro humano; aquí la población de astrocitos decuplica la de neuronas...el volumen del cerebro humano es un 300% mayor que el de los otros primates; en cambio su número de neuronas es solo un 125% mayor.


El hombre entonces podría deber sus peculiaridades cognitivas en gran parte al procesamiento de información por parte de los astrocitos, y habría logrado, gracias a ellos, ser el Einstein de la naturaleza, capaz de ir rápido pero también capaz de ir despacio, capaz de aprender y crear gracias a la lentitud.

Pero, ¿qué hay del cerebro de Einstein, sabio entre los sapiens, homo sapientísimus?.

Su estudio ha sido todo un periplo científico. Nos lo cuenta el gran neurocientífico R.Douglas Fields en otro artículo sobre la neuroglia, relativo a sus propios estudios sobre el particular, que pueden encontrar en la Revista Temas nº 46:

Driving Mister Albert, libro de hace pocos años, cuenta la historia de Thomas Harvey, patólogo que, en 1955, realizó la autopsia de Albert Einstein. Concluida su tarea, decidió llevarse el cerebro del genio a casa. Allí, flotando en el interior de un recipiente de plástico, permanecería 40 años. En varias ocasiones, Harvey repartió finos cortes del cerebro a científicos y seudocientíficos de todo el mundo, quienes estudiaron el tejido en busca de pistas que explicaran la genialidad de Einstein. Cuando Harvey llegó a los 80, colocó lo que quedaba del cerebro en el maletero de su Buick Skylark y cruzó el país para devolvérselo a la nieta de Einstein.

Uno de los científicos que examinaron cortes del preciado cerebro fue Marian C.Diamond, de la Universidad de California en Berkeley. No encontró nada especial en el número o el tamaño de las neuronas. Sin embargo, en el córtex de asociación, responsable de la cognición de alto nivel, halló una cifra elevadísima de las células de la glía: una concentración mucho mayor que la del promedio de su encéfalo.

Para que se hiciera la luz sobre la velocidad de la luz, la más rápida concebible, fue precisa la lentitud de procesamiento de un cerebro no acuciado por la supervivencia, no uncido fuertemente por el yugo de la necesidad. ¿Y no somos todos los hombres de hoy, con mayor o menor dotación de astrocitos, afortunados pensadores con tiempo para rumiar nuestras vivencias e imaginar infinidad de mundos paralelos?.

Evolution

jueves, noviembre 15, 2007

La culpa fue del Cha cha cha...

Este lunes estuvimos los aquí escribientes en una conferencia sobre neurocultura. La impartía el eminente neurocientífico español Francisco Mora , que ha mostrado recientemente interés por el tema. La neurocultura podría definirse desde dos vertientes: una la de la repercusión en la cultura de los descubrimientos recientes de las neurociencias, y otra la de la cultura misma abordada desde una óptica neurocientífica.

Mora expuso con la brillantez que le caracteriza distintos aspectos de la relación entre cultura y ciencia del cerebro. Quien tenga interés por el tema y no pudiese acudir a la charla puede leer su libro sobre el particular, que desde aquí recomiendo.
De lo que yo voy a hablar aquí no es de la neurocultura, en general, sino de uno de sus aspectos en la primera de las vertientes mencionadas, la de la repercusión en la cultura, en particular del derecho, de los avances en el conocimiento de cómo funciona el cerebro.

Dijo Mora algo que me asombró, pues no es lo que estaba acostumbrado a oír –o leer-sobre el tema: si se demuestra que una persona comete un grave delito porque no puede controlar sus impulsos, debido a un daño específico en el cerebro, habría que recluirlo, a falta de cura para el mal neurológico padecido, permanentemente, para que no dañase por más tiempo a los demás. La clave está en apartar de la sociedad a quien destruye la convivencia, a quien pone en peligro a las personas, pudiendo o sin poder evitarlo. Su falta de responsabilidad podría por tanto ser un argumento para eximirle de culpa, pero no de condena.

El castigo de un delito tiene al menos tres finalidades: dar satisfacción –si bien incompleta- a los perjudicados por el mismo, impedir que lo repita el delincuente y dar ejemplo y servir de aviso a los demás miembros de la sociedad. Si alguien queda impune por no considerársele responsable no se logra el objetivo de impedir que vuelva a delinquir. Tampoco servirá de consuelo para un padre que pierde a un hijo o un marido que pierde a su mujer o un pequeño ahorrador que pierda su dinero saber que esto sucedió porque el asesino o el ladrón tenía un defecto en su corteza orbitofrontal. En cuanto al aprendizaje en la sociedad, será dudoso: quienes sean de natural violento e impulsivo quizá crean que si delinquen podrán evitar la condena, por lo que el temor a ser castigados podrá muy bien no entrar en sus cálculos como coste (el castigo mismo como riesgo), o entrará como coste rebajado (riesgo rebajado).

Michael y Suzanne Gazzaniga, Scott T. Grafton y Walter P Sinnot-Armstrong son los abajo firmantes de un artículo de Scientific American (*) sobre el uso de tomografías y escáneres del cerebro en los tribunales de justicia. Para estos autores no estamos aún preparados para ofrecer pruebas contundentes sobre la relación entre determinados comportamientos delictivos y daños específicos en el cerebro. De hecho hacen algo más que destacar este hecho. Afirman que la responsabilidad del delincuente, sobre todo en delitos cometidos con premeditación, es ineludible en cualquier caso. Mora, en su exposición, también destacaba esto. Nuestras decisiones no son una acción-reacción. Es más, tomamos decisiones y planificamos en el marco de minutos, horas, días, meses y años. Esto lo hacía para defender el libre albedrío frente a interpretaciones precipitadas del experimento de Libet, pero, como es natural, es aplicable al asunto de la responsabilidad moral, dado que libertad y responsabilidad no son cuestiones separadas ni separables.
Volviendo a las técnicas y a sus posibilidades, es decir, a las tomografías y resonancias y su capacidad para establecer estados subjetivos de forma fiable, tropezamos con un escollo adicional a añadir al de la resolución de estas tomas de imágenes o las diferencias entre unos cerebros y otros.
Como Paul Ekman no se ha cansado de repetir a lo largo de su dilatada carrera estudiando las mentiras y su detección, es fácil que se confundan ciertas reacciones fisiológicas con mentiras, cuando en realidad están más relacionadas con otros estados subjetivos que asimismo alteran a la persona y a los resultados de las pruebas que miden sus reacciones. Es lo que Gazzaniga y sus colaboradores llaman en el artículo "falsos positivos". En cuestiones tales como dirimir la responsabilidad o ausencia de ella, la verdad o la mentira, en un juicio, estos falsos positivos pueden entrañar condenas o absoluciones terriblemente injustas. Asimismo quien se ve sometido a estas pruebas para demostrar su inocencia experimentará profundas emociones que alterarán los resultados de las mismas.

Pongamos el caso del famoso "detector de mentiras", el polígrafo, tan usado durante una temporada en la telebasura para sacar las miserias de los famosos del cuento, pero cuyo uso originario debía servir a la ley. Dice Ekman, en su libro "Telling Lies", mal traducido al castellano con el sensacionalista título, al estilo de los libro de autoayuda, "Cómo detectar mentiras":

"El detector eléctrico de mentiras, o polígrafo,opera basándose en los mismos principios que la persona que quiere detectar mentiras a través de señales conductuales que las traicionen, y está sujeto a los mismos problemas. El polígrafo no detecta mentiras sino sólo señales emocionales. Sus cables le son aplicados al sospechoso a fin de medir los cambios en su respiración, sudor y presión arterial. Pero en sí mismos el sudor o la presión arterial no son signos de engaño: las palmas de las manos se humedecen y el corazón late con mayor rapidez cuando el individuo experimenta una emoción cualquiera".

En definitiva el uso en la justicia de los instrumentos de toma de imágenes cerebrales o de registro de reacciones fisiológicas está limitado, en principio, a la detección de falsos testimonios y a la de daños cerebrales. Tanto en lo primero como en lo segundo ni están suficientemente depurados estos instrumentos ni se puede establecer de forma concluyente, por la naturaleza misma de las cosas, falsedad o ausencia de responsabilidad, salvo, acaso, en unos pocos casos. Ahora bien, como complemento a otras pruebas de distinta índole pueden llegar a ser de gran importancia a la hora de dirimir las circunstancias que rodearon a un delito, la presunta falsedad de un testimonio o de la posible falta de control de los impulsos de un delincuente.
Sin embargo mi conclusión, que coincide con la de Mora, es que sea cual sea la causa última de un comportamiento delictivo, este no debe quedar impune, por el bien de la sociedad, que se antepone al de ese individuo particular. Es más, cuanto más de fondo sea la causa más motivos hay para aislar al infractor de las normas de sus semejantes.

Da igual si la culpa fue del cha cha cha o se detecta una pequeña mentira.

(*) Mente y Cerebro nº 27. Noviembre/Diciembre 2007.

Breaking The Law

lunes, noviembre 12, 2007

Energía Solar II ¿Y cuánto ocupa?

Debo abrir este artículo reconociendo que había dejado un pequeño anzuelo para ecolojetas informados en la anterior entrega dedicada a este asunto.

Hablaba de la necesidad de incrementar aproximadamente en un 50% la generación de electricidad solar si queremos atender también los consumos nocturnos. Este incremento era debido a las pérdidas originadas en las centrales hidráulicas de bombeo, único medio viable actualmente para el almacenamiento masivo. Este almacenamiento es ineludible para la producción fotovoltaica, pero se puede evitar con la novedosa tecnología de la generación termoeléctrica, podría decir alguien que hubiera leído el informe de Greenpeace "Renovables 2.050" en el que este sistema de generación resulta ser aparentemente una panacea.

Veamos un poco en que consiste eso de la generación solar termoeléctrica. Como casi todos ya sabemos (menestros aparte) la energía solar se aprovecha hoy día de dos formas. Por una parte están los colectores solares útiles para calentar agua, incorporados en edificios de nueva construcción, que aprovechan la radiación solar transformándola en energía térmica. Por otra, las placas fotovoltaicas, que transforman directamente la radiación en electricidad. Leí hace poco que, según una encuesta, gran parte de la población cree que esta es la forma más económica de producir electricidad. Es curioso pues que las compañías eléctricas no generen toda su producción a partir de dichas placas ya que vendiéndo la electricidad al mismo precio obtendrían mayor beneficio. Más aun teniendo en cuenta que la generación de tales kWh solares está primada por el Estado (o sea, por nuestros impuestos) no con un 20%, un 30% ó un 40% como otras renovables, sino con más del 500% (no me he equivocado en los ceros). Aquí podéis comprobarlo.

En fin, supongo que la gente debe creer que es cosa de la maldad intrínseca de tales siervos del capitalismo ultraliberal depredador que prefieren curiosamente disminuir sus beneficios siempre que puedan disfrutar perjudicando al planeta y calentándolo globalmente.

Pero no nos dispersemos y expliquemos en que consiste eso de la generación solar termoeléctrica. En una primera etapa, se transforma la radiación solar en energía térmica. Es decir, lo mismo que en los colectores de agua de los tejados, pero a lo bestia. Mediante sistemas de concentración por espejos se intenta que el fluido calentado alcance temperaturas alrededor de 400ºC. Hay dos tipos de tecnología utilizables (más o menos) comercialmente: Heliostatos y captador central y colectores cilindro-parabólicos.

Desde hace algunos meses está funcionando una planta, denominada PS 10 cerca de Sevilla con la primera de esas tecnologías. Un montón de espejos concentran la radiación solar en un captador situado en lo alto de una torre de 100 metros de altura y allí se produce vapor a alta presión y temperatura que se envía a una turbina con su correspondiente ciclo térmico, muy parecido al de una térmica de carbón con su caldera o una nuclear con su reactor. Aunque antes había proyectos más o menos experimentales se trata de la primera planta comercial de estas características.

Asimismo ya se está construyendo cerca de Guadix la primera planta comercial española (en el mundo, en funcionamiento, tan solo las hay en los malvados y nada ecológicos EEUU) con la tecnología de colectores cilindro parabólicos. En este caso la radiación también se concentra (mediante unos espejos alargados) en una tubería que contiene aceite térmico. Este aceite llega a alcanzar temperaturas de 400ºC y la gracia consiste en que el calor puede utilizarse para producir vapor (y éste a su vez enviarlo a una turbina) o almacenarse. Si luego por la noche el calor almacenado se recupera, se puede producir vapor (y de ahí, electricidad) en horas nocturnas cuando los colectores ya no reciben radiación.


¡Estupendo! Hemos resuelto el problema del almacenamiento eléctrico y las pérdidas por bombeo inherentes al curioso capricho de querer tener electricidad también por la noche. ¿Seguro que está resuelto? Falta un pequeño detalle. Los astutos ecolojetas manejan las cifras a menudo con medias anuales y resulta que la radiación media aprovechable en el mes de Julio puede ser cuatro veces superior a la del mes de Enero. Y el calor, lo podemos almacenar una noche, pero no meses. Si diseñamos la instalación para el mes de Julio, en Enero nos quedaremos a oscuras a media tarde. Si la diseñamos para Enero, tendremos que cuadruplicar costes y en Julio nos sobrarán equipos. Conclusión: diseñaremos algo intermedio y seguiremos necesitando los embalses. En épocas intermedias nos quedaremos a la par y en Julio enviaremos a los embalses la electricidad sobrante que se usará en Enero. Seguimos pues necesitando producir un 50% más de lo que consumimos para cubrir las pérdidas de bombeo. Sobra decir que la maldita central de Trillo sigue produciendo sus 1.000 MW de noche y de día, en verano o en invierno, se nuble o haga sol.

Tras esta introducción, hagamos algunos números con el objetivo de calcular cual sería la superficie de terrreno a ocupar para abastecer nuestro consumo eléctrico con energía termosolar, gran panacea de futuro (para algunos fabricantes y algún listo que pasa por ahí). El consumo medio peninsular en el año 2.006 fue de casi 30.000 MW. Considerando las 8.760 horas del año y el incremento del 50% para cubrir las pérdidas de bombeo tenemos que habría que producir casi 400.000 GWh.


Lógicamente, una parte se podría cubrir con otras energías renovables, pero para dar un orden de magnitud, veamos que pasa si intentamos conseguir esta producción con energía solar termoeléctrica: La radiación media anual en la península (en zonas razonablemente soleadas, de Madrid para abajo) puede considerarse de unos 1.700 kWh/m2año (pueden consultarse las tablas de la NASA que ya habiamos citado). De esos kWh, con la tecnología solar termoeléctrica pueden transformarse en electricidad un 18%, es decir, unos 300 kWh/m2año. Señalemos que este rendimiento es optimista y señalemos también que es bastante superior al que se obtiene con las transformaciones fotovoltaicas (la media anual puede andar sobre el 10% para estas placas).

Debe tenerse en cuenta asimismo que lo que estamos calculando es la superficie de espejo, pero dada la forma de los colectores y su movimiento a lo largo del día para seguir el sol, hay que considerar una cierta separación entre ellos con el fin de evitar sombras, al menos en horas de alta insolación. Una cifra aceptada es que por cada metro cuadrado de espejo, se necesitan 4 metros cuadrados de terreno.

Si operáis todos los datos expuestos con sus correspondientes cambios de unidades (logsianos abstenerse) os resultará una superficie de terreno necesaria algo superior a los 5.200 km2. Vamos, para el que no se haga idea de magnitudes, casi la provincia de Alicante. Todos esos kilómetros cuadrados sembrados de espejos serían necesarios para atender el consumo actual. Por comparar, y aquí la cuenta está al alcance incluso de Zapatero (de Montilla o Pepiño, no creo), recordemos nuevamente que una central como Trillo tiene una potencia de unos 1.000 MW (y la tiene todo el año) y hemos apuntado un consumo medio de 30.000 MW. Sí. Lo habéis hecho bien, 30 centrales.

Y sin tener que preocuparse de qué hacemos con los alicantinos.

Con estos órdenes de magnitud y tamaños, ya podéis intuir por donde van los tiros en cuanto a la pa$ta. Eso lo dejamos para otro día, no sin aclarar que no trato de proponer un futuro energético exclusivamente nuclear, sino simplemente aportar algún dato normalmente desconocido para situar las alternativas en su sitio. El mix de generación actual puede sufrir alteraciones en el futuro (y sin duda en el medio y largo plazo las sufrirá). Pero es utópico plantear cambios radicales en su composición a corto plazo.

jueves, noviembre 08, 2007

A comer que son dos días


¿Somos lo que comemos o comemos según somos?. Desde la perspectiva de la medicina evolucionista se aportan evidencias a favor de lo último, si bien el debate no está concluido. Por debajo del mismo subyace otro de mayor amplitud y calado, el de la naturaleza y la crianza. Decir que somos lo que comemos implica que de alguna manera podemos cambiar nuestra naturaleza a través de nuestro ambiente, interiorizándolo en forma de comida. Obviamente, en esta era de la ciencia, nadie en su sano juicio sostiene el pensamiento mágico (generalmente relacionado con la antropofagia) de que al comer a un depredador absorbemos su fuerza, o que al comer animales gregarios nos hacemos más sociables y pacíficos. Si uno decide darse un homenaje con el cerebro de Einstein no aumentará un ápice su inteligencia por ello.

Lo que comemos tiene una gran cantidad de sustancias químicas, si bien, tras el cocinado exhaustivo que realiza nuestro aparato digestivo, lo que quedan son los ladrillos constituyentes esenciales. Por otro lado como dice Marion Nestle, Catedrática de Nutrición en la Universidad de New York, no se puede analizar una dieta a partir de elementos aislados. La dieta es un conjunto, una combinación compleja. Si nos dicen que el chocolate tiene un precursor de la serotonina no debemos por ello deducir que dándonos un atracón del mismo vamos a mejorar notablemente nuestro estado de ánimo. Y esto por varios motivos. El primero y más fundamental el que señala Nestle (vaya apellido para una nutricionista, y más ahora que hablamos de chocolate). El chocolate es una mezcla de numerosísimas moléculas las cuales, convenientemente trituradas, se convierten en una determinada proporción de nutrientes esenciales y de elementos desechables, algunos asimilados, por tanto, y otros tirados por la borda. Si el precursor de la serotonina penetra en la circulación sanguínea y atraviesa la barrera hematoencefálica podrá inundar nuestro cerebro, este tomará, exactamente, lo que precise de él, ni un miligramo más. El resto tendrá un destino incierto.

A mediados del siglo pasado el gran químico americano y premio Nobel Linus Paulin proponía tomar vitaminas a granel, por encima de las que el organismo “reclamaba”, para lograr un efecto antioxidante y alargar la vida. Hasta ahora nada prueba que su intuición fuera cierta. Él llegó a la venerable edad de 93, pero la causa de ello no creo que pudiera encontrarse en algo tan simple como la ingesta de una coenzima. Se ha comprobado, por ejemplo, que el exceso de vitamina C se elimina por la orina. Y así con tantas otras sustancias.

Nuestro organismo se nutre de lo que necesita, y lo demás lo excreta. Así, resulta sorprendente, para muchos, el grotesco fenómeno de la obesidad. ¿Por qué sufrimos esta condena? ¿Por qué no excretamos los kilos que nos sobran?. ¿Es la sociedad capitalista y tecnológica la culpable de nuestra orondez?. La respuesta está en los genes y en la evolución.

José Enrique Campillo Álvarez, Catedrático de Fisiología en la Universidad de Extremadura, expone en “El Mono Obeso” cómo hemos llegado a ser lo que somos, a lo largo de nuestra historia evolutiva, en lo que se refiere a la alimentación. No hay que buscar el origen del problema en el entorno de relativa abundancia, o, al menos, no hay que hacerlo de forma exclusiva. La naturaleza también tiene algo que decir, y está escrito en nuestros genes y leído en cómo se expresan.

Así, la pandemia de obesidad, que hoy afecta también al llamado tercer mundo, donde los nuevos “ricos” se nutren opíparamente de “rica” comida, no es debida a la globalización capitalista, sino a cómo procesamos y asimilamos los nutrientes en nuestro organismo. Esto último se explica asimismo por el entorno (este sí, por operar en el largo plazo, en escala geológica) en el que evolucionó nuestro organismo. Nuestros ancestros pasaron por épocas de gran carestía, en las que los nutrientes no eran fácilmente accesibles y obtenibles. Una dieta basada sobre todo en vegetales de dificultosa asimilación y escasas proteínas provenientes de insectos y pequeños animales era ya de por sí escasa, pero si además se daba la circunstancia de que las fuentes de nutrientes tenían un fuerte componente estacional o, pero aún, eran casi permanentemente escasas, el desarrollar un aparato fisiológico y metabólico que facilitase acumular reservas en épocas de abundancia sería favorecido por la selección natural.

¿Somos lo que comemos?. Eso es algo indiscutible si analizamos a nivel atómico. De las moléculas en adelante la cosa se complica, no resulta obvio en absoluto. La otra opción, que comemos según somos, se presenta más plausible.

Muchas moléculas afectan a nuestro comportamiento –aquellas que entran en el cerebro- pero lo hacen en el corto plazo (los llamados psicotrópicos). Nuestro estado de ánimo y nuestro comportamiento son un equilibrio químico autorregulado a partir de las instrucciones de los genes. Los imputs ambientales pueden producir subidas o bajadas importantes en el primero y cambios drásticos en el segundo, pero la tendencia es siempre a un equilibrio, que se corresponde con la homeostasis particular del organismo. Quien busca placer en las drogas parte de un desequilibrio específico que queda parcialmente satisfecho con su consumo. Como dice Damasio esto crea un mapa falso del estado del organismo, lo cual puede llevar a una serie de cambios concatenados que también afectarán a la morfología y a la fisiología.

Por otro lado, los nutrientes, que operan más sutilmente y a más largo plazo, suelen afectar a nuestra morfología y a nuestra fisiología a través del tejido adiposo y su regulación. En ello hay también un equilibrio interno autorregulado que raramente rompe el ambiente, un ciclo, una cibernética imbricada de feedbacks entrelazados, en la que moléculas tales como la leptina o la insulina y sus receptores en el cerebro y el cuerpo marcan cual es el estado del organismo en un momento dado. Oscilamos en torno a un centro. Decir, sin embargo, que es imposible engordar o adelgazar es excesivo. Lo que sucede es que ese equilibrio puede romperse con una acción decisora y decisiva que, si nos atenemos a las demandas del cuerpo de alimento, es contranatura, y por tanto cultural. Así la gula o la abstinencia producen malestar, y la bulimia o la anorexia, son desequilibrios mentales, no físicos.

Somos capaces de enfrentarnos a nosotros mismos para cumplir con expectativas sociales y culturales. Y esto, como decía hace un momento, es, visto desde cierta perspectiva, contranatura. No lo es, en cambio, si miramos a la mente, al cerebro, que es parte del cuerpo, a fin de cuentas. Hay dentro de ella una lucha entre los memes y los genes, entre los apetitos y las convenciones, que son otra clase de apetitos (de nuestra naturaleza social). Que esta contradicción, que esta lucha, pueda producirse, se debe a que la isocorteza (neocorteza) se superpone al sistema límbico de forma chapucera por esa gran chapucera que es la evolución. Nuestro yo inconsciente, primitivo, irracional, “animal” si se quiere, demanda más nutrientes de los necesarios porque aquellos de nuestros antecesores que se convirtieron en nuestros ancestros lo hicieron, para acumular reservas grasas y así sobrevivir. Nuestro yo consciente, social, “espiritual”, humano, “racional”, no ve razones para tomar más que lo preciso para sobrevivir con salud, y ve muchas para no excederse, tanto estéticas como médicas. Y ambos yoes luchan sin cuartel por hacer prevalecer sus “razones”, unas evolutivas y perentorias, otras adquiridas y plenamente convincentes.

Si vamos al supermercado y encontramos los estantes llenos de apetitosos e insalubres manjares, si abrimos la nevera y encontramos tentaciones culinarias, la culpa no es, como señala Nestle en su artículo del último número de Investigación y Ciencia, de que el Estado promueva, o deje pasar y deje estar, espurios intereses de la industria alimentaria, sino de que los monos obesos demandamos alimentos grasos y azucarados en cantidades mayores de las que precisa nuestro organismo para mantenerse vivo y sano. Y en que no lo quemamos, pero eso es otra historia.

Breakout

martes, noviembre 06, 2007

viernes, noviembre 02, 2007

El movimiento se demuestra...¡mirando!


Igual que existe en nuestra mente la idea de que “somos” al margen de nuestro cuerpo, tenemos la ilusión de que nuestros sentidos traducen fielmente la realidad circundante. La vista es el sentido más estudiado, quizás por ser el más importante en primates de pasado arborícola como nosotros. Lo que vemos es una construcción hecha a partir de reflejos variables y movimientos sacádicos. Sobre estos últimos, en particular sobre los más pequeños de ellos, habla un interesante artículo publicado en el número de octubre de Investigación y Ciencia, escrito por Susana Martínez Conde y Stepehn L.Macknik, del Instituto Barrow de Neurología en Phoenix.

Los movimientos sacádicos (y los microsacádicos, tratados en el artículo) son los que el ojo realiza en sus ajustes permanentes del campo visual. Por suerte o por desgracia para el observador las “realidades” inmóviles no dan mucho juego a las neuronas retinianas. Terminan por habituarse a ellas igual que nuestro cuerpo se habitúa a los zapatos a lo largo del día. Dado el particular patrón de descarga de información de nuestras células nerviosas, el fenómeno de habituación es algo, digámoslo con una redundancia, habitual.

Así, si lo que vemos permanece estático y nuestros ojos tampoco se mueven el resultado es que nuestro campo visual va reduciéndose en ondas concéntricas que van de fuera hacia dentro. Al final no queda nada. La oscuridad lo devora todo. Y el caso es que ahí fuera hay algo, pero no lo percibimos.

La ceguera por parálisis pone de manifiesto la función primordial de la vista. No fuimos dotados de vista por un creador benevolente para contemplar las bellezas del universo. La vista surgió en la evolución para percibir oportunidades y peligros, en forma de presas o predadores, en un entorno cambiante. Las ranas, como ejemplifican los autores del citado artículo, no ven una mosca que está quieta en una pared, pero en cuanto esta alza el vuelo se percatan de su “presencia” de inmediato. No hay que irse tan lejos. El juego de los toreros con el movimiento de la capa pone de manifiesto que animales tan cercanos a nosotros como un toro ven mucho mejor lo que se mueve.

Los movimientos de los ojos, tanto los sacádicos como otros casi imperceptibles denominados por los expertos “deriva” y “temblor”, hacen real la realidad, en particular las naturalezas muertas. Si la montaña no va a Mahoma, Mahoma tendrá que ir a la montaña. Si lo que nos rodea no se mueve, tendremos que movernos nosotros.

Durante el sueño REM (Rapid Eyes Movement) movemos, como su propio nombre indica, los ojos rápidamente. Es en esta fase del sueño en la que las ensoñaciones son más abundantes. El movimiento de los ojos seguramente contribuye a crear las imágenes oníricas, aunque se produzca bajo el telón oscuro de los párpados cerrados. También se sueña en los períodos no REM, aunque parece que menos. Supongo que en esa fase habrá movimientos microsacádicos, temblores y derivas.

Y cuando soñamos despiertos, cosa que hacemos más a menudo de lo que quisiéramos reconocer, nuestros ojos se mueven, sin que lo notemos, de manera que traigan a nuestra mente las imágenes soñadas.

Cuando una persona que nos resulta atractiva entra en nuestro campo visual, pequeños movimientos de nuestros ojos nos llevan hacia donde está ella. Podemos estar mirando a otro lado, centrándonos o tratando de centrarnos en otros objetos o sujetos. Pero nuestros pequeños movimientos oculares quieren que miremos hacia el objeto de nuestro deseo.

Así pues, podemos concluir que, para construir nuestra realidad visual, el cerebro no sólo procesa la información entrante en la retina, sino que además suscita movimientos en los ojos para que esta información sea traducible, a través de impulsos neuronales, en algo “inteligible”. Y los movimientos suscitados son no solo de enfoque, sino de búsqueda soterrada, constante e incansable de oportunidades y peligros en derredor.

lunes, octubre 29, 2007

Desprecio

¿Hay mayor prueba del interés que el fingimiento de la indiferencia?. Parece obvio, pues la conclusión está implícita en la premisa. La sabiduría popular lo expresa como consejo para el fingidor con el refrán: “no hay mayor desprecio que no hacer aprecio”. Así, cuando alguien parezca despreciarnos, si esto nos preocupa, siempre debemos preguntarnos si lo que le sucede es que nos tiene en alta estima (lo cual puede significar que nos quiere o que nos teme). Podemos indagar en todos y cada uno de sus movimientos respecto a nosotros, e intentar encontrar indicios de engaño. Si miente en su actitud, si esta es solo pose, miente seguramente en sus sentimientos, en su desprecio, y nos ama o nos teme. Y esto es muy difícil de ocultar.

Pero el interés es mutuo desde el momento que hemos decidido indagar. ¿Por qué, si no, íbamos a profundizar en sus sentimientos quitando, o figurándonos que quitamos, los 7 velos de mentiras?.

A veces no nos preocupa el personaje en cuestión, sino exclusivamente los terceros que asisten al espectáculo de nuestra mutua interacción. Siempre, en cualquier caso, preocuparán estos terceros, en mayor o menor medida según el escenario y el público presente (que pueden ser, según la ocasión, los terceros de referencia u otros que se comuniquen con ellos). ¿Podría el desprecio o fingimiento de desprecio de este personaje al que observamos ser contagioso?. ¿Podría influir en la opinión que los demás se formen sobre nosotros?.

Todo esto está en la base de la aceptación social de nuestra persona. Cuantas más y mejores sean las personas que nos apoyan con acciones concretas y palabras de ánimo más irrelevante se va volviendo cualquier opinión individual desfavorable ,y, por supuesto, menos atención merecen los desprecios. Así, visto en negativo, si nos rodeamos de aduladores y tenemos una mente dispuesta a ser engañada, podemos llegar a ignorar por completo las censuras de los sabios, y también puede ocurrir que la falta de ánimo y apoyo suficientes nos haga desarrollar complejos y un sentido crítico exacerbado que vea desprecios hasta en los gestos más amistosos.

Quien habla bien de nosotros manifiesta un claro interés al hacerlo, por lo que merece más atención que quien lo hace mal. La clave está en cuál es el objetivo del bien hablado y de qué forma espera obtenerlo. En los afectos, como en el mercado, hay especulación e inversión. Pero aunque en el mercado, de por sí impersonal, ciertas formas de especulación puedan ser positivas, en cuestiones de sentimientos hay que desembarazarse de los especuladores (o esperadores-enculadores), pues no esperan en nosotros sino en nuestros roles o pertenencias.

Es muy probable que el período en el que el peso de las miradas ajenas es mayor sea el que va de la adolescencia al comienzo de la madurez, la época en la que uno va integrándose en la sociedad profesional y sentimentalmente, y corre el riesgo de desintegrarse. El sentimiento de fracaso o de éxito son estados de conciencia subjetivos que suelen acompañar a la realización social del individuo, medida por la proporción entre alabanzas y censuras, aprecios e indiferencias recibidos. Siempre es mejor construir algo sólido que un castillo de naipes. Este último se derrumba cuando uno es traicionado por aquellos que fingieron interés. ¿Acaso hay más prueba de indiferencia que fingir interés?.

El único camino es la calzada romana, vía de guerra y comercio, construida con esfuerzo y raciocinio, con miliares que sirvan de hitos y una solidez hecha para durar 1000 años. Este solamente puede construirse a partir de una sana indiferencia por el ambiente humano que nos rodea, de una especie de autismo soberano y magnánimo, hecho de cálculo, sobriedades y proyectos. Hemos de focalizar nuestra atención en las cosas y sus relaciones, para luego mirar a las impresiones subjetivas que crean.

Marco Aurelio ya se avisaba a si mismo (y al hacerlo nos avisaba a todos) en sus Meditaciones: No debemos dejarnos tentar por el canto de sirena o el pánico irreflexivo de los rumores y las palabrerías, que atacan a la debilidad de nuestros sentimientos, no debemos guiar nuestra conducta por los pareceres o la presunción de cuales son los pareceres ajenos. Al menos no exclusivamente, añado yo, pues nuestra identidad la construimos sobre la subjetividad compartida con los demás miembros de nuestra especie, y esta es, en gran medida, emocional. Hay que distinguir en la medida en la que nos lo permitan nuestras limitadas capacidades, entre los que apuestan sinceramente por nosotros y quienes están dispuestos a sacrificarnos en cualquier altar mundano.

Desde una perspectiva muy personal son muchos los que confunden odio con desprecio, porque no comprenden cabalmente que fingen este último. El fingimiento llega a tal punto que engaña al fingidor. Y cuando miran a los demás se engañan también sobre los sentimientos que albergan estos sobre ellos.

Pero el mayor de los desprecios lo reciben los que no entiende que socialmente somos lo que damos, y esto se suele corresponder con lo que “hacemos”, entendiendo esto por lo que construimos. Sin duda sería muy recomendable que hiciéramos una valoración ajustada de lo que aportamos a cada cual. ¿De cuanta energía disponemos?. ¿Cuáles son las prioridades?. ¿Cuál es la rentabilidad en cada inversión afectiva que hacemos?.

Nadie está a salvo de ser engañado. Especialmente por sí mismo. Y el peor de todos los engaños, el que más decepciones trae, es creer que los demás están en deuda perpetua con nosotros, y atribuirles la culpa de todos los desprecios (confundidos con odio) que hemos generado no siendo nadie para ellos.

Estoy taaaaaan cansado

viernes, octubre 26, 2007

miércoles, octubre 24, 2007

¿Muchos escépticos?

En toda la polémica sobre las declaraciones de Rajoy relativas al cambio climático, solo tengo claro lo torpes que éstas han resultado ser. Independientemente de lo cargadas de razón o no que estén, lo que ve un ciego es que resultan carnaza de primera para toda la patulea de manipuladores o simples tontos útiles atentos a saltar a degüello a la mínima ocasión contra el líder popular.

Porque cualquier declaración, amplificada por los medios de desinformación masiva, llega indefectiblemente sesgada a la llamada opinión pública dependiendo de quien sea el emisor de tal o cual ocurrencia más o menos desafortunada.

Veamos un ejemplo relacionado con el tema que ha pasado desapercibido incluso para analistas que podrían haberle sacado jugo al asunto. Es tan solo quizá una mínima anécdota, pero con la adecuada manipulación podría montarse una buena escandalera.

Ha dicho Al Gore (en relación con esta polémica) que "ve en España muchos escépticos".

Bien, ¿Como sabe el premiado cineasta de ci-fi y galardonado filántropo sr. Gore cuantos escépticos con el asunto del cambio climático hay en España?

¿Tiene datos significativos de encuestas realizadas científicamente?

¿O es que el sr. Gore tiende a sacar conclusiones precipitadas y lanzarlas a los cuatro vientos a partir de una muestra escasa de datos, sesgados en su procedencia e irrelevantes en su número?

martes, octubre 23, 2007

MemEnigma

Atención amigos y no tan amigos de esas cadenas llamadas memes: les insto a que sigan esta. Consiste en poner una imagen, con la que se pretende sugerir algo, y dejar que los que pasen digan lo que a ellos en particular les sugiere. Obligado es que quien cuelga la imagen jamás diga qué quiso decir, de hecho no debe ni comentar, para evitar la tentación de dar pistas. ¿Quién se atreve?. Esto no es nominal. Tómenlo o déjenlo. Adjunten este texto u otro similar. Con las características apuntadas se parecerá mucho más a un meme, y la blogosfera podría llenarse de color y misterio. ¿Hay valor o estoy solo?.

viernes, octubre 19, 2007

Viernes en mi mente

El cerebro estratega

Juegos como el poker o el mus nos sirven para ejercitar nuestras capacidades de simuladores y mentirosos o, visto más en positivo, de negociadores. La frase “tener cara de poker” sirve para explicar la ausencia de una expresión facial acorde con las emociones subyacentes, que se pretenden ocultar, y supone el empleo del juego derivado para explicar el comportamiento originario.

Los juegos son, en general, un entrenamiento, y si además resultan un divertimento es porque la selección natural ha creado mecanismos de recompensa en el cerebro para los jugadores. Los niños, como corresponde, son los que más juegan, al ser los que más aprenden, y son los que más aprenden porque son los que más se están desarrollando neurológicamente y para la vida, si bien sus juegos son más inocentes (por falta de experiencia y conocimiento), tomando esta inocencia forma en un mayor maniqueísmo, un perfil más emocional, unas reglas más laxas o una imaginación más desbordante, entre otras cosas.

Lo que distingue a nuestra especie de otras es el mayor tamaño del neocortex, que permite dedicar las áreas adicionales al procesamiento más depurado de las percepciones y los movimientos. Estas áreas supletorias son las denominadas áreas de asociación, en las que se integra la información de los distintos sentidos y se elaboran respuestas conductuales más complejas, y su simple existencia nos obliga a hacer ciencia de la mente con un enfoque cognitivo y a dejar de lado la mera acción-reacción.

La más destacada de estas áreas, denominada por Goldberg “órgano de la civilización”, es la situada en el lóbulo frontal del cerebro. En ella se produce una integración de todos los procesos cerebrales, lo que parece claro a la vista de que esta zona está conectada con todas las demás. Si hubiera que buscar en algún lugar el homúnculo, el alma, el fantasma en la máquina o el teatro de la mente donde declama el actor del yo, sería aquí.
Los pacientes con lesiones del lóbulo frontal realizan correctamente pruebas psicológicas y conductuales típicas. Sin embargo una observación atenta de su persona delata cambios en la capacidad de planificar acciones, de organizar su vida, de demorar la gratificación, de empatizar con los demás, de realizar o tener en mente varias tareas simultáneamente....etc.

La mente del estratega consciente, que es la que nos distingue de las demás especies, cuyas estrategias son innatas y seleccionadas por evolución, tiene su asiento en este lugar del cerebro. En él los dilemas morales se entremezclan con los proyectos. Todo proyecto es una acción moral, así como toda acción moral es un proyecto. En esa amalgama indisoluble se forman los pensamientos, herramientas de acción, preparación para la acción, y movimiento previo y ensayo, juego interno previo a la opción moral de cada acción física en el mundo y en la sociedad.

Carecer de moral no es, como muchos creen, una garantía de racionalidad, sino antes bien al contrario: sin el norte de un bien y un mal (tanto propios sentidos directamente como ajenos figurados y sentidos indirectamente, pero especialmente de carácter abstracto y general), sin la dicotomía de un correcto e incorrecto, no hay estímulo para la acción en el mundo ni para articular nada, ni siquiera un discurso, ni siquiera una justificación. Pueden salir a la luz los instintos desnudos, cosa que ocurre a quienes tienen dañado el lóbulo frontal o sus conexiones con el cerebro emocional, pero ya no vemos a la persona, sino a un animal parlante dotado de algunas aptitudes cognitivas, aparte el lenguaje. El estratega ha desaparecido. Queda de él solo el rostro de poker, pero no hay en él apenas simulación, engaño ni ocultamiento de emociones, tan necesarios, mal que nos pese, para el trato social cotidiano. Detrás, la emoción es plana para aquellas cosas que superen el corto plazo e impliquen a los demás. Pese a que estas personas preservan su memoria y conocimiento del mundo no saben emplearlos para obrar con sentido. Curiosamente estos seres humanos que han perdido lo mejor de sí mismos son jugadores compulsivos....y jugadores perdedores. Pierden sistemáticamente porque apuestan siempre demasiado fuerte, sin alterarse, contra toda probabilidad de ganar. Y fracasan en el juego y en la vida, pasando a ser dependientes por su carencia absoluta de responsabilidad.

El hombre, animal racional, lo es gracias a que integra las percepciones y las emociones, para atender a sus fines biológicos, antes de “perpetrar” su acción en el mundo y en la sociedad. No se puede hablar de una racionalidad desligada de la supervivencia, y por tanto tampoco de la moral (medio de la emoción que a su vez es medio de la supervivencia). En todo caso podría haber productos de la racionalidad (y los hay) que, en sí mismos, no tuvieran nada que ver con sobrevivir. Pero su creación era un medio para los verdaderos fines de sus respectivos creadores, para sus fines últimos de domeñar la naturaleza y persuadir y ganarse a los demás humanos, o a algún grupo selecto idealizado de estos, así como para producir el placer intelectual del juego con conceptos abstractos, que es un medio de la naturaleza para hacernos caminar exitosamente por el sendero de la vida. Y si estos productos depurados de la racionalidad se siguen usando es -¡como medios para satisfacer nuestros fines, dictados por la emoción!.

No hay nada desinteresado, y mejor o peor disimulado ante uno mismo y ante los demás, todo lo que hacemos forma parte de una estrategia elaborada en parte inconscientemente, que incluso se haya en nuestro plan corporal (que incluye al cerebro) y en parte conscientemente, gracias del desarrollo del órgano de la civilización, esa área de asociación frontal del neorcortex en permanente contacto con el sistema límbico. Nuestra “razón” es una marioneta de nuestra emoción a la que no se le pueden cortar los hilos. No tiene vida propia.

jueves, octubre 18, 2007

Dimite Pla

Secretario General del PSOE en la Comunidad Valenciana tras la denuncia por parte del grupo PRISA de unas presuntas corruptelas menores.
Hablarán de esto en muchos otros blogs, pero no quería dejar de comentarlo, pues me ha entrado un deja vu...

Light years

Inteligencia

Ayer asistí a la presentación de una tesis doctoral en la Universidad. El tribunal estaba compuesto por Catedráticos y la doctoranda era una persona cuya brillantez ya conocía. ¿Qué es la inteligencia?, me preguntaba mientras escuchaba aquellos discursos perfectamente hilvanados y sólidamente cimentados en conocimientos. ¿Cuánto hay en ella de inspiración, cuanto de expiración? ¿Cuánto en ella es alimentado por el ambiente, cuánto por los genes?.

Uno de los temas centrales de la exposición era el de las formas de interrelación y organización de la sociedad en redes-sobre todo gracias a las nuevas tecnologías de la información y comunicación. Me gustó este enfoque porque atiende a la complejidad de los fenómenos sociales y es un análisis prospectivo de la dinámica y los cambios de nuestro tiempo, y en como afectan a las organizaciones, pero asimismo porque parte implícitamente de la complejidad misma de la naturaleza, que ya está con nosotros desde nuestros orígenes, en forma de cerebro organizado en redes neuronales y de redes sociales de comunicación e intercambio.

Cuando uno busca la sede del alma, de la mente, del yo, tropieza con una red. Igual ocurre cuando se busca el asiento de la inteligencia. Hay que pensar en términos de procesos y eficiencia de los mismos, no de objetos localizables. La inteligencia, aunque groseramente se mida con test que arrojan un número “g”, es un flujo, algo que se despliega en una estructura tetradimensional, que es cada cerebro en acción, con su morfología idiosincrásica y sus velocidades y exactitudes variables de procesamiento.

Stephen Jay Gould, en la falsa medida del hombre, denuncia la falsedad en la medición de la inteligencia entre las razas, las clases o los géneros y atribuye los dispares resultados, cuando los hay, en las mediciones, a una agenda política que incluye al racismo, clasismo o machismo respectivamente. Para él el factor “g” o de inteligencia general es una reificación. Esto, como él explica, consiste en tomar por real una abstracción desconectada de la realidad, en este caso un número como medida de algo tan intangible e inaprensible como la inteligencia.

Pero aunque el concepto de inteligencia sea difícil de delimitar y definir, no deja de ser cierto que ese “abstracto” es algo real, pues la realidad está compuesta de objetos y relaciones, y la inteligencia es una relación de relaciones, una capacidad relacional. ¿O son la justicia o el amor, por ejemplo, reificaciones?. Tampoco cabe dudar de que el “g” refleja esa realidad, mal que bien, y con sus limitaciones. Lo mismo sucede con categorías tales como la raza, la clase o el género. Las personas no somos iguales, nuestra naturaleza nos hace distintos. Y aunque las fronteras entre los distintos tipos humanos no sean nítidas (después de todo formamos una red) y cada uno se único en su especie, tenemos todos una dotación de serie, como dijera Pinker, y tendemos a desarrollar una serie de comportamientos característicos que nos delatan como miembros de un tipo, de un grupo (en el caso de la raza sin duda, no tanto por el comportamiento como por la morfología, del género con algunos casos ambiguos, y de la clase con una gran fluidez entre las categorías).

Por selección natural hemos desarrollado distintas estrategias cognitivas para lidiar con la realidad natural y social. Cada ser humano tiene sus puntos flacos y sus puntos fuertes, que asimismo son flacos o fuertes en diverso grado en distintos contextos. Así, sería más correcto adherirse a la corriente de pensamiento sobre la inteligencia iniciada, a principios de los 80 del pasado siglo, por Howard Gardner: las inteligencias múltiples. No sólo debe medirse la inteligencia espacial, verbal y matemática, sino la cinética-corporal, la musical, la inter e intrapersonal (o emocional)...etc.

La inteligencia, en sus distintas formas, se autoselecciona, pues es un atributo que ayuda a sobrevivir bien en ambientes naturales, bien en los sociales, bien en ambos, y es seleccionada asimismo por selección sexual, pues queremos no sólo no ser ni pasar por tontos (¡YO NO SOY TONTO!), sino tener parejas que cumplan asimismo ese requisito. Si un tonto y una tonta se juntan será que son lo suficientemente tontos para no apreciar la tontería de su compañero o, dicho más suavemente, inteligencias parecidas tienden a encontrarse (Dios los cría y ellos se juntan).

Algunos definen la inteligencia como la capacidad para abordar la complejidad cognitiva. Desde el punto de vista neurológico yo diría que una inteligencia sana y despierta se corresponde con un estado de alerta ni excesivo ni escaso, y con una red neuronal que ha alcanzado, a través de un desarrollo armónico, una economía de procesamiento. Si no existen interferencias emocionales perturbadoras la medición de la misma podría ser razonablemente buena, pese a sus limitaciones.

Pruebas realizadas con RMf ponen de manifiesto una mayor actividad cerebral en quienes son incapaces de resolver un problema que en quienes lo resuelven rápidamente. Los últimos parecen necesitar pensar menos....disponen, probablemente, de un conocimiento acumulado en forma de patrones (como dice Goldberg), de redes, en gran medida inconscientes, que agiliza el procesamiento de la información nueva y su rápida asimilación con la antigua, la rápida integración en alguna red ya formada. De ahí la denominada “difícil facilidad” de los virtuosos. Esto nos llevaría a una inteligencia surgida en el desarrollo, lo que muchos podrían confundir con una inteligencia adquirida a través del ambiente. En realidad no sería así. El proceso que Jung bautizó como individuación, de desarrollo de la personalidad y las diversas facultades mentales de la persona en la maduración, se aprecia, por lo que a la inteligencia respecta, en el hecho de que los resultados de los test de inteligencia de las personas tengan una tendencia al alza en el tiempo. Las personas adoptadas suelen tener la inteligencia de sus padres biológicos, pero esta se aprecia mejor a partir de su madurez, siendo la influencia del entorno familiar y social mayor en la niñez.

Podría decirse entonces que los genes, que marcan el desarrollo del cerebro, predisponen a sus organismos a desarrollar una panoplia de comportamientos característicos, que, según sea el ambiente, tomarán una u otra forma social, desempeñarán uno u otro rol. Esto incluiría la tendencia a buscar información y formación que contribuye a formar las redes.

Las diversas formas de inteligencia –las apuntadas por Gardner o cualesquiera otras aún no valoradas adecuadamente que pudiéramos desarrollar- pueden aportar valor y utilidad social según las circunstancias en las que se nace. Alguien con grandes aptitudes para la poesía, la fantasía, la interpretación o la música quizá no tuviera un gran futuro en Esparta, y sería en esa sociedad guerrera seleccionado negativamente (la sociedad, como extensión de la naturaleza, también selecciona, pero lo hace a su manera), salvo que tuviera alguna forma de adaptar esas capacidades a las necesidades de la tribu, pero hoy podría prosperar. Muchas de las formas de inteligencia son, por tanto, dependientes del contexto, siendo otras más adaptables a todo tiempo y lugar. Estas últimas serán, probablemente, más valoradas socialmente, pues su utilidad no variará demasiado con el ambiente. Quizá incluso sean santificadas como virtudes, y sus contrarios como vicios. Y quizás por ello la gloriosa historia de los Romanos o las Tragedias Griegas sigan conmoviéndonos, y sigamos identificando tantas veces tonto con malo.

Una de las ventajas de trabajar en red, se decía ayer en la exposición de la doctoranda, es que al no ser algo presencial se puede hacer uso de la asincronicidad. Dicho sencillamente, una herramienta tal como esta que ahora manejo, un blog, te permite pensar y repensar lo que dices antes de decirlo, demorar tus palabras para hacerlas coincidir algo mejor con tus ideas, o incluso para hacer brotar estas, que permanecían latentes y escondidas tras el embrollo de un pensar caótico, desbrozando de paso inferencias erróneas. En un debate cara a cara o en un discurso improvisado la sincronicidad y localidad de la circunstancia limita nuestras posibilidades. Y esto me lleva a una paradoja: en esas circunstancias se puede mostrar mejor y peor la inteligencia. Mejor porque se puede mostrar la capacidad de articular rápida y ordenadamente los argumentos e ideas, así como el temple para dirigirse a los demás. Peor porque en el calor del momento priva a todos de ahondar los conceptos, ponerlos sobre la mesa y diseccionarlos, analizar las contradicciones, los detalles, los matices....el fondo y los límites del pensamiento. Charles Darwin tenía a su “perro” (como llamaban a Huxley) porque muy probablemente no se sentía seguro en las polémicas cara a cara. ¿Habrá una inteligencia más ágil y otra más torpe?....¿existirán eso que llamó Nietzsche los pensamientos o ideas rumiados?....¿será una cosa listeza y la otra sabiduría?. Yo no establecería en esto una dicotomía, puesto que quien demuestra con su oratoria o su seguridad en los argumentos una solidez en un diálogo suele tener un fondo que genere esa forma. También debe tenerse presente que rehuir las confrontaciones verbales puede deberse a un carácter timorato que se paraliza ante la perspectiva de no tener a mano todo el peso argumental y discursivo que proporciona una reflexión serena.

Como apunte final una serie para completar en un test de inteligencia (tomado de Scientific American):

2, 4, 3, 9, 4, 16,..... _ _

¿Adivinan los dos números que vienen a continuación?.

Yo puse: 9, 81.

La respuesta “correcta” y, digamos, obvia, era 5,25.

¿Estaré tonto o se tendrán en cuenta esas posibilidades alternativas?. Me tranquiliza pensar que el resto de las series gráficas y numéricas las respondí “bien” en poco tiempo.

jueves, octubre 11, 2007

Stephen Jay Gould

Tenía yo ciertos prejuicios acerca del malogrado Stephen Jay Gould, debo confesarlo. Pero una forma de superar o confirmar los prejuicios es el conocimiento de su objeto, en este caso del sujeto. He leído ya algunas cosas suyas y me alegra decir que he superado los prejuicios. Siempre es estimulante descubrir que uno se equivocaba, sobre todo cuando aquel o aquello sobre lo que se equivocaba eran lo suficientemente meritorios o importantes para que dicha equivocación constituyese el doble error de ser injustificada e injusta.

Me he adherido a las ideas de Pinker sobre la Tabla Rasa con pasión, y esto me ha cegado en ocasiones ante panorámicas, perspectivas y paisajes bellos, verdaderos y honestos. Si separamos el grano de la paja resulta que mucho de lo que pensaron y expresaron algunos hombres es interesante, profundo y conmovedor, aparte de razonable y, en gran medida, cierto, a pesar de sus errores.
La elegancia con la que Gould, hombre de izquierdas, trata a Walcott, un geólogo-paleontólogo americano de corte liberal-conservador, descubridor del yacimiento Cámbrico de Burgess Shale, es digna de elogio. Critica con habilidad sus ideas y sus comportamientos como conservador, sin caer en un discurso progre barato. Gould va más allá de los tópicos políticos maniqueos de siempre, y penetra en el sustrato de valores del hombre objeto de análisis para explicar sus conclusiones como científico. De él y sus maneras debiéramos aprender todos, progres, liberales o conservadores, cientifistas ateos o creyentes, y todas las partes enfrentadas, con más o menos razón, con más o menos visceralidad, con más o menos ecuanimidad, en las grandes cuestiones económicas, políticas, científicas, sociológicas, religiosas, culturales, etc etc.
Por supuesto no creo que estuviera necesariamente en lo cierto sobre el personaje del que habla y sus ideas, y aquí no voy a entrar en ese asunto, en parte por desconocimiento y en parte por falta de un grosero asidero en las palabras de Gould, pero su argumentación es impecable, tanto lógica como estéticamente, además de sutilísima, y me mueve a seguir leyéndole con ilusión, buscando nuevas perlas literarias y filosóficas de su creación.
De todos los pasajes de su maravillosa “Vida Maravillosa” me he quedado con uno, relativo a un tema que últimamente tratamos mucho Memetic Warrior y yo. Dice así:
La mayoría de nosotros no somos lo suficientemente ingenuos para creer en el viejo mito de que los científicos son dechados de objetividad desprovista de prejuicios, igualmente abiertos a todas las posibilidades, que sólo llegan a conclusiones mediante el peso de la evidencia y la lógica del argumento. Comprendemos que los prejuicios, las preferencias, los valores sociales y las actitudes psicológicas desempeñan un importante papel en el proceso del descubrimiento. Sin embargo, no debemos dejarnos llevar al extremo opuesto de cinismo completo: la opinión de que la evidencia objetiva no desempeña ningún papel, de que las percepciones de la verdad son completamente relativas, y que las conclusiones científicas no son más que otra forma de preferencia estética. La ciencia, tal como se practica actualmente, es un diálogo complejo entre los datos y las ideas preconcebidas”.
Otro de los puntos que me gusta de Gould, que critica Dawkins (que podría tomar nota de lo antedicho) en su obsesivo Espejismo de Dios, es la defensa de la independencia entre ciencia y fe. Gould, más creyente en la evolución que en las divinidades, es pese a ello enormemente respetuoso con las creencias de los demás, y desea que lo sean con las suyas, por ello establece el principio filosófico del doble magisterio para cuestiones de fe y de ciencia. No es sólo una argucia defensiva, es también una postura liberal. Lo liberal, bien pensado, es defensivo.
También son destacables sus ideas de contingencia frente al progreso, para la evolución, y de ciencias históricas (que tratan acontecimientos únicos, sumamente complejos e irrepetibles) frente a las puramente experimentales y predictivas. Un poco marxista, pero todo ello sin que sus dicotomías sean tajantes.
Ahora estoy con su, espero no falsa, “Falsa medida del hombre”. Aquí podré encontrar más claras sus ideas acerca de naturaleza y crianza, y valorarlas desde mi perspectiva más bien innatista. Dadas las circunstancias me atrevo a decir que seguiremos informando. Indagaré silenciosa, circunspecta y quizá un poco malévolamente en su obra para ver si doy con algún punto que me desagrade y pueda “censurar”. Hasta ahora nada, todo lo contrario. Espero encontrar, eso sí, alguna crítica constructiva acerca de la influencia de las preconcepciones de izquierdas en los resultados de los trabajos “científicos”. ¿Seré un ingenuo?.

martes, octubre 09, 2007

El precio del altruismo

El sacrificio es inherente al altruismo. No cabe concebir un acto altruista que no lleve aparejada una renuncia o una pérdida. Cuanto mayores son estas mayor el altruismo. Por eso resultan tan desagradables a nuestro gusto moral instintivo ciertas manifestaciones puramente verbales de generosidad. Y más si estas conllevan que el sacrificio se hace recaer sobre terceros. No otra cosa es lo que hacen los líderes políticos demagógicos (generalmente sociatas): prometen actos altruistas con bienes y fondos obtenidos coercitivamente de otros.

Pero entre el extremo del acto altruista por excelencia, la muerte por otra persona, y el contrario de la pura palabrería y la generosidad a costa ajena, hay una amplia gama de comportamientos un poco egoísta y un poco altruistas que merecen un análisis.

Prácticamente siempre que damos lo hacemos con la expectativa de recibir. El intercambio no tiene porque ser en los mismos términos ni en el mismo tiempo. Ni el crédito ni el dinero lo inventaron los bancos. Siempre ha habido en todo intercambio de favores expectativas, pagos diferidos, cobros anticipados y desigualdad cualitativa de lo entregado y lo recibido (aunque cuantitativamente se hayan intentado igualar).

Cuando damos algo “sin esperar nada a cambio” es porque no valoramos en nada lo que damos ni a quien lo damos ni a quien nos mira cómo damos. Y a eso se le llama desprecio. Sencillamente, algo se cae de nuestra mano y otra lo recoge.

No debemos cegarnos con la remuneración a corto plazo, ni con que sea en los mismos términos, ni tampoco con que nos la proporcione aquel a quien le hemos dado. Incluso si solamente diéramos porque nos produce placer dar, ya estaríamos obteniendo una gratificación de nuestro sistema de recompensa interno. Pero en esto hay una contradicción: nuestro sistema de recompensa interno es egoísta y responde a aquellos actos que benefician nuestra supervivencia y la de nuestros genes. Si nos recompensa no está diciendo, a su manera, que somos egoístas, y esto apunta a nuestros actos y quizá a expectativas no conscientes.

Volviendo a los costes del altruismo, nos podemos hacer una reflexión acerca de nuestras generosidades diarias.

Dar algo cuyo valor es pequeño para nosotros y elevado para otros resulta ser un acto de “generosidad” muy bien remunerado socialmente. Uno adquiere prestigio como “dador”, como proveedor. Si somos capaces de ocultar el poco aprecio que nos merece lo que entregamos pareceremos aún más excelentes y seremos aún mejor recompensados con el aprecio de quienes reciben y quienes nos ven dar. Uno puede jugar a un juego aún más sutil: puede dar y ocultar no sólo el poco valor de lo que da, sino además que está dando. Al final alguien se entera y el prestigio que obtenemos es mucho mayor, aunque lo sea para un círculo más reducido, porque nuestra generosidad parece auténtica, y no nacida de un deseo de obtener fama y poder.

Aunque no siempre se entregan cosas de poco valor relativo. Demasiadas veces tenemos que asumir pérdidas, tenemos que hacer renuncias, para obtener lo que queremos. Los caminos del señor son retorcidos. Como animales capaces de planificación interponemos una escalera de medios para ascender a nuestros fines, y no siempre calculamos correctamente las proporciones de las escalas, cayendo al vacío en más de una ocasión. Y como planificadores sociales, es decir, siendo simultáneamente planificadores y miembros de una sociedad, que es nuestro ambiente, hemos de emplear a otras personas como medios y no, como dijera Kant, como fines en sí mismos. En el juego social se buscan aliados y colaboradores, amigos y simpatizantes, o, dicho en la acepción amplia y original del término romano: “clientes”. Podemos decir que son fines en sí mismos, ciertamente, y podemos sentirlo así. Pero subterráneamente operan esos otros fines, esos fines últimos de la biología.

Poner medios es asumir costes. Los medios nunca son gratuitos. A todos se les tiene que remunerar de una u otra manera. Esto supone anticipar, renunciar, perder.

Lo ideal sería tener billetes de Monopoly expedidos por algún banco central amigo con los que pagar a todos por sus favores, por su “papel” de medios. Así se pagaría un “papel” valioso con otro sin valor. Pero existe eso que se llama inflación, fenómeno que, si lo miramos en profundidad, va más allá del dinero y tiene que ver con valores relativos. Este hace imposible este tipo de trampa a medio plazo.

Siempre que damos tenemos que procurar reducir al mínimo el valor subjetivo (se entiende, para nosotros) de la composición del paquete entregado. Así nuestra pérdida y/o renuncia no es grande y nuestra ganancia potencial es, comparativamente, alta.

Un altruismo calculado puede obtener grandes beneficios, si este cálculo no se desvela. Lo ideal para que así sea es que ni siquiera quien calcula sepa que lo está haciendo. Y así ocurre casi siempre. El cálculo es básicamente inconsciente y ponderador, no consciente y con cantidades exactas. De los favores hechos no se recibirá casi nunca una respuesta proporcional: muchos devolverán mucho menos de lo recibido, otros tantos nada. Pero los habrá que devuelvan por encima de lo que recibieron y por la ley de los grandes números cuantos más reciban nuestros favores u observen como los hacemos mayor será la probabilidad de que seamos recompensados más que proporcionalmente.

Algo que repugna de la economía es que los cálculos se explicitan. Esto la hace parecer menos “humana”. Y en cierto sentido es así, puesto que esa clase de cálculos surgieron como mecanismo en gran medida inconsciente, y explicitarlos los desnaturaliza, aunque pudiera mejorarlos en cuanto a exactitud.

La mayoría de nosotros no ha entregado su vida a una “causa” o por otra persona. Nos gusta jactarnos de que lo haríamos, si se diera la circunstancia, pero nadie desea que esta se de y ver sometida de esta manera a prueba su presunción. Si nos dicen que por 1 euro al mes damos de comer y vestimos a un niño del Congo podemos sentirnos altruista entregando esa pequeña cantidad, que para nosotros nada representa y para el congoleño supone la diferencia entre pasar hambre y estar tirado o comer y a resguardo. Pero ese altruismo es una ficción. No es verdadero altruismo, si nos atenemos a lo dicho al principio. El sacrificio hecho es ridículo. 1 euro al mes no es una pérdida que nos quite el sueño. Tampoco el coste de oportunidad (el precio) es elevado. Renunciaríamos, en todo caso, a una coca cola.

Muchos se siente generosos con actos de entrega de este estilo, y acudiendo a reuniones en las que algún orador habla de salvar a la humanidad de sí misma. Pero luego pueden ser pésimas parejas, pésimos hijos y padres, malos deudores, malos acreedores, despilfarradores, poco serios, malos, malos, malos.

Y luego llega algún payaso demagogo y dice que tenemos que dar un 0,7% del PIB al tercer mundo porque no es nada para la sociedad. Es como 1 eurillo de nuestro bolsillo (o menos), pagado por todos. Pero no nos vayamos a quienes pasan hambre que la sensibilidad se pone a flor de piel y es entendible. Pensemos en todas esa cosas que solo suponen 1 eurillo de nuestro dinero, como que hay que proteger la cultura propia (por ejemplo el cine), o fomentar tal o cual actividad lúdica. Pero eso no es altruismo, tampoco. Eso es ROBAR a quien produce la riqueza para proclamarse generoso sin pagar el precio del altruismo. Estas cosas solamente pueden pasar en sociedades como la actual, en la que las transacciones son tantas, por tantas vías, imbricadas en una red tan compleja y camufladas por el “papel” del dinero que, sencillamente, es difícil distinguir, sin un mínimo conocimiento de cómo funcionan la sociedad y la economía, o sin una psicología muy fina, a los embaucadores de las personas decentes.

Un método que se revela bueno casi siempre para establecer esta distinción es el de la mención de los costes. Quien quiere engañarnos los pasará por alto, los negará, los rebajará, los tergiversará. Incidirán una y otra vez en los beneficios, en el bien que causará tal o cual acción (casi nunca los beneficios serán los prometidos ni lo serán para los supuestos receptores de los mismos, pero este es otro asunto para tratar en otro lugar y ocasión).

¿Y dónde queda el altruismo después de esto, se preguntarán algunos?. ¿Es que acaso vale tanto el comportamiento de un perfecto egoísta egocéntrico que el de alguien que se da a los demás sin pedir nada a cambio?. Pero estas preguntas no tienen sentido si se comprende el problema en profundidad. En nuestra vida tendemos a apreciar a aquellos que nos favorecen y nos tratan bien. Que quien tenga un comportamiento así lo haga por motivaciones más o menos egoístas (visto superficialmente) o enteramente egoístas (si lo analizamos desde una perspectiva biológica), no cambia en absoluto nuestro sentimiento de gratitud, pues este es también natural, nos sale sin demasiados cálculos conscientes previos.

Así pues podemos seguir –y seguiremos- nuestra comedia y nuestra tragedia de intercambios, filias y fobias con naturalidad, y saber estas cosas, o percibir las cosas de esta manera, de forma racional, no cambiará nada. Porque la vida va mucho más deprisa que nuestro intelecto.