viernes, noviembre 24, 2006

La falacia cientifista

"Si no hay Dios, todo vale". Así se pronunciaba uno de los demonios de Dostoievski. Expresaba inadvertidamente con ello la fundamental alternativa entre la fe y el caos. Pero padecía el sueño de la razón, creyendo desesperadamente en lo ilimitado de una libertad moral total, en la bendición maldita de un paraíso infernal, hecho de nada emancipada.

Todo nuevo paradigma que explicase, o permitiese explicar, en términos materiales lo hasta entonces explicado por la fe o por el mito ha sido acogido siempre por muchos con esa falsa ilusión, con esa fatal desilusión. ¡Por fin soy libre!...pero....¿Para qué?.

No deja de ser significativo que Dios haya sido desterrado del centro del Universo conforme lo ha sido el hombre.

Primero nuestra tierra perdió su protagonismo, y digo "nuestra" porque debía su protagonismo a que nosotros la habitábamos.

Después quedó claro que el hombre no había sido objeto de una creación independiente y exclusiva.

Más tarde se comprobó que la evolución no necesariamente había seguido un curso inexorable hacia la inteligencia, hacia nosotros, vaya.

Ahora la mente, el alma, último bastión de la fe, ese "error de Descartes", ese "Fantasma en la máquina", parece asediada por la ciencia del cerebro.

"Si somos animales irracionales producto de la evolución que viven y mueren en un mundo que flota en un espacio enorme, ignoto e indiferente por nuestra suerte, entonces Dios no existe, y entonces todo vale".

El relativismo moral resultaría ser una conclusión fatal de los avances científicos en la compresión del cosmos y del ser humano. Y ahí tenemos una de las claves del cientifismo, la que, en el fondo, quieren los cientifistas que creamos, mas no la más importante, no la esencial.

Se hace preciso distinguir nítidamente entre ciencia, verdadera ciencia, y cientifismo, entre escepticismo y fe atea (cargada de prejuicios), cosa que hace certeramente Memetic Warrior, que tiene una habilidad cognitiva especial para detectar y desmontar fraudes sociológicos. Y no es otra cosa que un fraude, que una gran falacia, esta corriente cientifista que nos asola, una corriente sociológica por mucho que algunos de sus miembros pertenezcan profesionalmente a la elite sacerdotal de una ciencia rigurosa. Es la falacia cientifista, una falacia (socio)lógica.

Un prejuicio ateo está en la base de todo cientifismo, y esta es otra de sus claves, sin ser tampoco la esencial. El fundamento de dicho prejuicio, y la clave de todo cientifismo, a mi parecer, está en el deseo de libertad moral para justificar ciertas acciones que nuestra propia naturaleza nos indica que son malas o, cuando menos, insatisfactorias para nosotros, para los demás y (de vuelta) para nosotros de nuevo. Esto nos lleva a concluir que el cientifismo, como movimiento, solo puede surgir del servicio al poder, como justificador de un poder que vulnera todas las normas del derecho natural, que se pretende absoluto.

El cientifismo ha pasado de la naturaleza al ambiente con la mayor –naturalidad, porque en el fondo estos asuntos le importan bien poco. En los últimos decenios ha tomado la forma de Tabla Rasa. Pero como señala M.W. también tuvo una expresión de reduccionismo genético. Es el cientifismo, en última instancia, un monstruoso instrumento del totalitarismo, voluntario o no, consciente o no. Ahora está empezando a tomar forma en una nueva falacia sociológica –que no científica, que vuelve sobre el reduccionismo genético, pero a través del cerebro.

Si la primera mitad del Siglo XX fue la época de la Física y la segunda de la biología (molecular), la última década del siglo pasado (bautizada como década del cerebro) y el comienzo de este siglo XXI están presididos por las neurociencias. El estudio de nuestro cerebro nos lleva al centro de todo, pues todo lo que es lo es en nuestra mente. El alma se ve sometida a su más dura prueba. Nuestra naturaleza misma, el "qué somos", se pone sobre la mesa de disecciones.

Aunque las conclusiones que se están extrayendo son diversas, y sigue existiendo mucha ignorancia, la corriente cientifista se está apuntando apresuradamente, con esas ansias que da buscar protagonismo y pretender dar respuestas sociales inmediatas, a la idea de que no somos libres porque nuestro cerebro determina nuestras conductas aún antes de que las pensemos (que seamos consientes de las mismas). Somos pues, irracionales. Los cimientos de la Civilización son minados, de nuevo.

La idea de Tabla Rasa, ya obsoleta, pese a sus estertores en esta España históricamente peculiar, tropezó una y otra vez con la naturaleza humana, incoercible. Pretendían sus defensores que todos éramos perfectamente intercambiables (inteligentes y tontos, hombres y mujeres, caracteres fuertes y débiles....etc, etc). El fracaso de lo que, en una conversación con Weber, denominó Schumpeter como experimento, o sea, la caída del Comunismo Soviético, supuso el fin de las fantasías colectivistas, asentadas ideológicamente en la maleabilidad del hombre como ciudadano, en la maleabilidad, en fin, de la mente humana. Montañas y montañas de tratados de antropología cultural de salón, de sociología acomplejada y de psicología conductista (condúcete por donde yo te indico) se derrumbaron con el Muro. La libertad se había liberado.

Volver al determinismo genético para servir al tirano (cualquiera de ellos, estos si perfectamente intercambiables, como sus lacayos) se presentaba como una labor imposible, y habiendo quedado la Tabla Rasa arrasada, era preciso un nuevo paradigma para la justificación del liberticidio y la consiguiente obtención de prebendas. Y la ocasión la pintó calva el estudio de las bases neurológicas y evolutivas de la conducta, de donde se extraen conclusiones sobre la propia libertad.

Para comprender la moral hay que acudir al cerebro emocional, y al lóbulo frontal, y para entender estos es preciso deducir el camino seguido por la evolución.

Vamos despertando poco a poco del sueño de la razón según vamos comprendiendo que sin las emociones somos seres desprovistos de personalidad, de previsión y planificación, de objetivos, de proyección en el tiempo, de la misma razón, del "yo". Sin emociones no hay fines y los medios se esfuman en un humo de sensaciones Humeanas (de Hume). Nuestras emociones forman parte del sistema de castigos y recompensas de nuestro organismo. Este sistema se moldeó a lo largo de una larga evolución orgánica mamífera y orgánico-social homínida que culminó en nosotros. Y si bien el proceso evolutivo no es finalista per se, si crea seres con finalidades.

Si admitimos que hay mucho más en nosotros que la razón, que hay, de hecho, un poder biológico en la sombra, necesariamente tenemos que reconsiderar todos nuestros medios a la luz de nuestros fines, que ahora sabemos irracionales (esto es: no necios, no locos, pues detrás hay poderosas razones evolutivas, sino axiomáticos). Nuestros fines no han sido inventados ni por nosotros ni por otros, no han sido impuestos sutil ni brutalmente por condicionamiento cultural: nuestros fines "son". Ni el capitalismo ni el matrimonio ni ninguna otra expresión de nuestros impulsos en el plano social nos hacen como somos. La causa y el efecto solo pueden invertirse en nuestra imaginación. La sociedad no hace al individuo, es el individuo, con su equipamiento biológico y moral, el que hace la sociedad. El hombre es libre, a partir de sus presupuesto biológicos.

Pero el cientifismo, en cambio, llega a la conclusión opuesta afirmando que el ser humano no es libre, que carece de libre albedrío, pues es una marioneta de la electrofisiología de su cerebro. Para ello se apoya, entre otras cosas, en los experimentos de Libet.

Lo que buscan el Estado y el cientifismo es lo mismo, porque el cientifismo es una doctrina ad hoc al servicio del poder en todo tiempo y lugar en los que exista ciencia: rebajar, devaluar al individuo –sea por reduccionismo biológico o cultural- a mero hombre-masa, a borrego de un gran rebaño, cosificando las relaciones humanas. Pasaríamos de ser seres humanos dignos a ser objetos, peones en manos del gran amo, números en una larga estadística estatal fría e indiferente.

Quizá todo esto que digo parezca sumamente especulativo. Y en efecto tiene mucho de especulación. Sin embargo puede sacarse de ello una conclusión clara: el cientifismo es una mentira al servicio del poder. Una de tantas. Quien la dice puede creer en ella, pero eso no cambia nada. Muchos actores se creen su papel, muchas plañideras se convencen de que sienten la pérdida. Los privilegiados se convencen de aquello que mantiene sus privilegios. Al final es solo un "Si no hay Dios, todo vale".

Y Memetic Warrior lo demuestra fehacientemente.

9 comentarios:

Lebeche dijo...

Interesante artículo.

Da para reflexionar, al menos, la teoria de los "fines" que expones. A mí, todo lo que pase por la defensa del libre albedrío me atrae. Voy a meditar sobre ello y te haré llegar mis impresiones.

De momento una cita al hilo:

"La educación no ha de entenderse como el proceso de llenar de agua un recipiente, sino más bien el de ayudar a que una flor florezca según su propia naturaleza". -Noam Chomsky-

abrazos

Germánico dijo...

Debo añadir una pequeña corrección que me sugiere un amigo.

Conviene no otorgar papel de sujeto pensante a ninguna entidad colectiva. Por ello matizaría un punto.

Donde dije "lo que buscan el Estado y el cientifismo es los mismo" quizá debiera haber dicho "Los que quieren un estado hipertrofiado y los cientifistas buscan lo mismo".

Esto es así porque los protagonistas siempre son los individuos no los colectivos.

Chomsky pertenece al menos a una de estas categorías.....

Germánico dijo...

Debo añadir que estoy completamente de acuerdo con Chomsky en ese punto, hasta el extremo de que yo mismo utilicé esa metáfora una vez, hace tiempo.

arturito vuelon dijo...

Germanico, yo tambien voy a meditar sobre tu articulo y te haré unos comentarios. Creo que le das demasiado valor a los que quieren un estado hipertrofiado, y creo que la clave en la que estás mas acertado es la de la devaluación del individuo, es decir, creo que mas que exista un establishment que desee generar hombre masa que trabajen como robots en sus negocios-fabrica de pasta, lo que pasa es que falta el "autocultivo" del individuo (flor), y que el ambiente general (mass media,etc) favorece el hombre-masa. Al final sin individuos cultos y librepensantes, es facil, muy facil, manipular, y en eso andan nuestros politicos. La creación de una etica y una"moral del todo vale porque yo me merezco todo y mas" es muy sencilla y lo es mas cuanto menos culto es el individuo. El problema es que una sociedad de este tipo nos aboca al caos, y lamentablemente nuestros hijos heredarán una mierda de sociedad desde muchos puntos de vista. El analisis está claro, pero, ¿Como frenar la marea?? Gracias por tu articulo, me ha ayudado a cultivarme.

Germánico dijo...

Gracias a ti, Arturo.

Espero tus comentarios adicionales, que quizá contribuyan a perfilar un poco más este asunto del cientifismo.

Es cierto que la incultura de los individuos y su "masificación", su pérdida de individualidad, su indiferenciación, van de la mano.

Pero también existen terribles errores y prejuicios ilustrados, y también deben ser combatidos, porque precisamente por su carácter erudito e inteligente son, sutilmente, más peligrosos. Y esta verdad es también sutil....

arturito vuelon dijo...

Germánico, vuelvo con mis comentarios sobre tu articulo, y aunque te tengo que dar la razón en muchas cosas de las que dices, tengo que negar la conclusión a la que llegas y a continuación me explico:

En el fondo creo que lo que te preocupa, o eso me parece leer entre líneas de tu post, es la negación del libre albedrío del cientifismo y en esto estoy completamente de acuerdo que estamos ante una falacia (además fácilmente desmontable).

Efectivamente es fácil caer en las trampas que pone el cientifismo. Pero de ahí a construir sistemas morales que tengan como base verdades pseudocientificas o cientifistas media la voluntad del individuo en cuestión de creerse la mentira que le están contando para justificar su comportamientos, privilegios o lo que sea. (Subrayo individuo).

Tu conclusión; "el cientifismo es una mentira al servicio del poder. Una de tantas..." es equivocada porque Germánico al poder no le interesa el cientifismo en absoluto. El poder actualmente detentado por los partidos políticos (y medios de comunicación afines), usa las corrientes científicas o de pensamiento como pañuelos de usar y tirar. Si interesa una determinada corriente o conclusión para joder al de enfrente y quedarme con el cetro de mando, la uso, que ya no vale la tiro a la basura, y tomo la corriente exactamente contraria, …que era la que históricamente había defendido, y si hace falta lo demuestran con videos. Te quiero decir con esto que la subsistencia del cientifismo no se debe a que el poder la alimente para retroalimentar posteriormente su poder, sino que es algo que está ahí de lo que ellos se sirven y punto. (Perdona por la chapa que te estoy dando chico...)

Por ultimo decirte que te veo muy interesado por los temas del cerebro, curiosamente el amigo Punset acaba de sacar a la venta el libro "el alma está en el cerebro". Me temo por la breve entrevista que le hicieron en la mirada crítica de Tele5 que se apunta al carro de la reducción del alma a un conjunto de reacciones químicas mas o menos complejas. Si tienes interés, ocasión y ganas de leerlo me gustaría oír tu opinión al respecto. Si lo hago yo antes y me decido a comentarlo montaré finalmente un Blog . Un saludo.

Por cierto, me gustan muchos tus artículos a los que me estoy empezando a aficionar. Animo con ellos!!

Germánico dijo...

Hola Arturo,

Si bien es cierto que la negación del libre albedrío me parece preocupante –sin ser una preocupación apremiante, de las que tenemos en la vida cotidiana, pero sí de orden filosófico cuando reflexiono sobre la humanidad y el porvenir- no considero que esta preocupación sea la única conclusión que deba derivarse de este escrito, ni siquiera la más relevante.

Para mi bajo esta negación subyace el verdadero problema. Igual que los políticos hacen uso de las corrientes que les interesan en cada ocasión el cientifismo se agarra a las “verdades” científicas que en cada ocasión le resulten más útiles....¡para hacer política!. Lo mismo da que seamos libres que el que no lo seamos en absoluto.

El cientifismo sirve al poder porque busca el poder, porque es una forma alambicada de búsqueda de poder, y todo el que lo busca termina sirviéndolo –de acuerdo con tu atinada visión del poder moderno. Un político puede practicar el cientifismo a la moda (creyéndoselo o no, pero se miente mejor creyendo las propias mentiras) para justificar sus desmanes (ello confirmaría que el cientifismo sirve al poder), pero también el cientifista desea ser remunerado por su labor, a ser posible con una porción de la tarta del poder, aunque esto consista únicamente en una subvención. Nada de ello científico.

Pero quizá debería perfilar mejor lo que digo dentro del concepto de cientifismo. Efectivamente pueden existir cientifistas que no busquen el poder, que no sirvan voluntaria y conscientemente al poder. En tal caso podría suponerse, con razón, que mi conclusión en este punto no es válida. Sin embargo entiendo el servicio al poder en un sentido bastante amplio, y al poder mismo lo considero en un sentido muy concreto.

Uno puede ser el tonto útil (o el listo útil, que para el caso es la misma tontería) en la defensa de unos contravalores que generen confusión y permitan pescar a otros en río revuelto. El “poder” no sería otra cosa aquí que poder desnudo, esto es, arbitrariedad y direccionismo. El cientifista haría apología de una visión del mundo relativista y atea que diese sustento a cualquier trasgresión del derecho natural por parte del politburó de turno (fuese o no su intención dar sustento a ello).

Si todo es relativo, si no hay bien ni hay mal, la discrecionalidad del poderoso sería la medida de todas las cosas.

Así lo veo yo.

En efecto estoy muy interesado en la neurociencia. Punset es un tío simpático que entrevista a grandes científicos, aunque no me consta que él lo sea. Pese a ello es una persona ilustrada e inquieta y seguro que su libro es muy interesante.

Te animo a montar un blog y a comentarlo. Cuando lo montes (si lo haces) avísame.

Un saludo y gracias por tu favorable opinión.

Anónimo dijo...

Es emocionante darme cuenta que hay personas que comparten, casi tal cual, mis puntos de vista sobre la ciencia y religiones asociadas. Anexo un pequeño escrito que produje hace poco tiempo, tal vez sin importancia (y que, aunque de esencia está relacionado con los comentarios aquí expuestos, surgió por otra razón muy diferente), pero que está ahogado de estas ideas no anticientíficas (hablando de esa ciencia utópica), sino anticientificistas. No espero opinen que es una genialidad o una estupidez, qué va! Sólo que me digan qué opinan.
¿Valgo la pena? No me importa contradecirme. El uso de la expresión valer la pena debería implicar un conocimiento de la carga conceptual de las tres palabras juntas, pero bien podría decirse simplemente valer en lugar de valer la pena. Ésta es una pregunta que, seguramente, más de algún ser humano consciente de sí mismo se ha hecho. Hasta donde mi capacidad me permite entender, el valor es casi sinónimo de rareza. Aquello que es raro, vale mucho. Y en este aspecto, sí que valemos los humanos. Somos el espécimen más notable de nuestro planeta, no por lo que hemos considerado siempre que somos mejores, sino por algo completamente diferente. Bien se podrá clasificar como un digresión lo que viene a continuación, pero mi instinto me indica que el escrito se habría de volcar eventualmente hacia ello, por lo que me atrevo a exponer mi conclusión sin explicarla. No estamos aquí para nada, ni somos nada. Es difícil aceptar esto si, mientras lo analizamos, no pensamos al mismo tiempo en las estrellas, en los animales, en las piedras, en el cosmos (macro y micro) del que somos parte, que ha estado ahí antes de que apareciéramos y seguirá existiendo cuando nos extingamos, y que es acreedor de nuestra existencia. En el momento en que aceptemos que sólo estamos aquí para darnos cuenta de algo, ya hicimos todo lo que teníamos que hacer. Me indigna la insensatez con la que observamos nuestra evolución y nuestra historia y nos sintamos en el cenit de la civilización, en la gran especie de especies desarrollada completamente. Nótese que señalé que éramos -lo más notable- no por lo que creemos, sino por algo más. Me indigno de que hagamos la analogía del segundo que somos humanos comparado con el año que ha existido la Tierra, y que no entendamos que el tiempo es nada, y que la nada por ser nada también es todo, y que podemos intrapolar (si es que existe esta palabra como antípoda de extrapolar, siendo transpolar insuficiente para explicar la idea) ese todo a nociones humanas y nos daremos cuenta que en un par de millones de años (si es que en dos millones de años seguimos existiendo y haciendo estupideces para así darnos cuenta de ellas) todo lo que pensamos, sentimos, añoramos, SOMOS, se va a reducir a nada, a la misma nada que ya fue hace dos millones de años. Me indigna, odio, que no observemos eso tan sensato, tan lógico, tan natural, que sería imperdonable no intuir si tuviéramos menos desarrollada esta embotadora de seres vivos llamada razón. Ha de llegar la especie superior e insuperable que viva sin lo que nosotros llamamos amar, sin lo que nosotros conocemos como ciencia, sin eso a lo que nombramos sentimientos, sin valer la pena, sin DIOS: sólo para observar la hermosa Naturaleza y estar en equilibrio con ella (el equilibrio existe por sí mismo, no necesita humanos para nombrarlo). Esa especie, de la que distamos mucho, que nos emulará, que observará nuestros errores, que no creerá en la ciencia; que no se cuestionará sobre su entorno no por falta de curiosidad, sino por falta de necesidad. Esos seres que poseerán inherentemente a su instinto (espíritu) la verdad, para nosotros inalcanzable, para ellos a la vez alcanzada e ignorada: mezcla de sabiduría e intuición; conocedores de su materia, de la materia que les rodea; sabiendo y sin saber que la tendencia natural, inmanente de la materia es a hacer formas, a juntarse, a la armonía; pero que no es suficiente la armonía y el equilibrio, sino que ha dado un paso más: la vida, la vida vista única y exclusivamente como voluntad, y sólo voluntad; voluntad metafísica, incomprensible para los humanos: voluntad de la bacteria, del moho, del árbol, del perro, del humano de existir, de moverse, completamente inexplicable; de reproducirse, sin entender cómo o por qué, de alimentarse y huír de los acechanzas, inexplicada e inexplicable, innecesariamente explicable. Voluntad inexplicable, inviolable, siempre intacta, sin dejar de ser vida, sólo digna de sí misma. Aquí entra, entonces, nuestra notabilidad. Ya recorrimos el camino materia-->forma-->vida (voluntad), y el paso que ya avanzamos sólo los humanos es el de la CONCIENCIA. Conciencia, claro, de sí misma, la vida consciente de sí misma (consciente gracias a la capacidad cognitiva del hombre), consciente de su existencia. No es necesario señalar que estamos en la etapa más vergonzosa, la etapa en la que nuestro instinto atávico y vetusto está ya demasiado atrofiado; etapa en la que somos crédulos por nuestra curiosidad defectuosa y fáciles de convencimiento, en la que desdeñamos aquel vestigio animal que es lo único que nos hace disfrutar la Naturaleza y ser dignos de ella. Espero aquel utópico día en el que vivamos en un panteísmo ateo, todos partícipes de la misma esencia que es la materia, donde la sabiduría sea algo inmanente a nosotros, sólo con observarnos en paz y armonía con nuestra madre Naturaleza.

Germánico dijo...

Hola Anónimo,

Lo que dices es interesante, aunque veo un poco utópico lo del hombre en comunión con la naturaleza y a un tiempo con una mente indiferente con (e independiente) de la necesidad. Y por otro lado un panteísmo ateo no lo veo factible, dado que el panteísmo es el reconocimiento de Dios en todas las cosas, algo así como creer, decir, que Dios es todo. Si buscamos formas de espiritualidad atea no creo que debamos hacerlo en un éxtasis ante las maravillas de un universo material, sino en todo caso ante un misterio que pudiera esconder algo aún más complejo y aún más hermoso. El hombre es un animal que no se conforma con lo conocido, tiene esa curiosidad, y creo que eso es algo, en conjunto, bueno, aunque tenga aspectos siniestros. Te animo a pasarte por el post de hoy en otro blog en el que participo. Abordo en parte lo que tú en este escrito tuyo. Tus opiniones y criticas serán bien recibidas.