lunes, marzo 26, 2007

Nuestros mejores amigos

Nuestro mejor amigo no lo era cuando se acercó un buen día a las afueras de nuestro asentamiento. Comió nuestras sobras con voracidad. Nosotros quizá le apaleamos. Quizá hubo encuentros violentos, pequeñas guerras entre las dos especies. Dentelladas nos llevaríamos. Nuestros despistados quizá fueran devorados por la caterva hambrienta. Pero nosotros teníamos armas y estábamos mejor organizados, y, mal que bien, les manteníamos a raya. Su carne no debía gustarnos mucho pues no les llevamos a la extinción a fuerza de cacerías y trampas. Tampoco debieron ser extremadamente agresivos con nosotros, pues hubieran corrido igual suerte.

Entre ellos debió haberlos más dóciles, más amigables, menos temerosos ante nuestra presencia. Los miramos a los ojos y correspondieron a nuestra mirada moviendo la cola y haciendo algún ruidito gutural entrañable. Nuestros sistemas límbicos entraron en sintonía; ambos éramos mamíferos sociales, grupales. Nos parecieron casi de los nuestros, con esa mirada tierna, con ese reclamo de cría. Tenían un no se qué humano. Dado que tendíamos a ver intenciones, sentimientos y motivaciones detrás de todas las cosas no nos resultó difícil humanizarlos, a ellos, que tan cerca estaban de nosotros en la escala evolutiva. Parecían entendernos, al principio los gestos, después incluso las palabras.

Les tiramos un hueso con algo de carne aún pegada. Ese era un gran paso porque iba más allá de tolerarlos. Jugueteamos con ellos. A partir de ese momento se quedaron por los alrededores con otro talante más familiar, más de amigos, de colaboradores. Su olfato se acostumbró a nuestro olor y lo asoció al olor de la comida caliente, hecha con fuego, a un trato amable, a un entorno seguro, cálido y protector. Ladraban intensamente cuando percibían algún peligro para el poblado. Empezaron a ayudarnos en las cacerías de otros animales más sabrosos. Quizá fueran de entre ellos los más infantiles los que se apegaron a nosotros. Los menos “maduros”, los más débiles, en cierto sentido.

Nuestros mejores amigos, los perros, sellaron una sagrada alianza con nuestra estirpe: “Vayas a dónde vayas yo siempre te acompañaré y seré tu fiel compañero”.

Desde entonces les hemos tenido bajo nuestra tutela, pero como a un hijo predilecto, casi como a un hermano con iguales derechos. No les hemos explotado de la misma forma que a los equinos o al ganado bovino y vacuno. Además hemos tenido con ellos una comunicación más fácil, más fluida. Nos hemos hecho el uno al otro.


Nos cuenta Nolasc Acarín Tussell, en su obra “El cerebro del Rey” los posibles orígenes de esta alianza entre especies:


Los perros salvajes debieron de acercarse a las comunidades humanas con el interés de aprovechar los restos alimentarios en la basura que producían, los perros más cordiales y menos agresivos podían acercarse más, comer mejor, y establecer cierta relación continuada con los humanos, por lo cual este tipo de perro obtenía mayor beneficio y se facilitaba su reproducción, de forma que por evolución llegó a configurarse una especie más dócil . En una etapa ulterior los humanos debieron observar que los perros dóciles que convivían cerca de ellos tenían importantes ventajas: avisaban con ladridos cuando se acercaba un animal salvaje y perseguían, en cooperación con los humanos a los animales que éstos intentaban cazar. De ahí que probablemente el perro fuera el primer animal domesticado por los humanos, fruto de la confluencia de la conducta propia del perro , su observación por parte de los humanos y la ideación de estos de un proyecto de cooperación beneficiosa para ambas especies. Las tribus que tenían perros estaban mejor resguardadas y tenían más éxito en la caza, con lo cual eran más eficaces y conseguían mejores recursos que otros grupos humanos. Tener perros domesticados era una ventaja económica relevante”.


Después de aquello el cruce entre perros con distintas cualidades durante milenios nos ha llevado a la gran diversidad de estos que hay hoy en día. Darwin ilustraba la “selección artificial”, o hecha por el hombre al cruzar aquellos ejemplares que a él le interesaban para sus fines, con palomas, de las que era un gran entendido. Pero la variedad de perros es mucho mayor. Un ejemplo lo constituyen los galgos, auténticos especialistas para la caza y uno de los perros más castigados por el maltrato animal. Está de actualidad la suerte de esta raza “pura” cada vez que termina la temporada de caza. Resulta espeluznante lo que hacen algunos humanos que consideran a este noble animal como una simple herramienta para la caza, y no como un ser vivo con el que le unen milenios de evolución conjunta y todo un sistema emocional.

Por tanto esta bonita historia de evolución conjunta y armónica tiene sus odiosas excepciones. Después de todo, nosotros los humanos, no somos perfectos, y a veces carecemos de humanidad, esa supuesta virtud que toma su nombre de nuestra condición. Los maltratadotes suelen abusar de los débiles, de los que carecen de protección jurídica o física. Los maltratadotes suelen golpear a mujeres, a niños, a perros. Son escoria. Personas con complejos, por completo ignorantes, seres despreciables en los que la maldad es una forma de subsistencia que sustituye a su falta de competencias sociales. Pero también hay fríos asesinos que solamente atienden a consideraciones económicas. Pondré un ejemplo de cada tipo tomados de post recientes de bitácoras vecinas y amigas.

Carlos Paredes Leví escribe un truculento relato sobre el maltrato despiadado de un despiadado maltratador. ¿Por qué?....¿por qué a ese indefenso perro?. La justicia clama venganza.


Chesk nos habla de los piratas que solamente piensan en ganar dinero, para los que matar a un perro es simplemente una forma de continuar obteniendo beneficios.


Sea por frío cálculo o por visceralidad de fracasado vital, los hombres maltratan y asesinan al que hasta ahora ha demostrado ser su mejor amigo y compañero.

Yo tuve un perro cuando niño. Era un Pastor Alemán. Me lo regalaron mis padres por un cumpleaños y lo bautizaron Dyck, como cierto güisqui de fabricación nacional. Entonces vivíamos en Valencia. Pero un buen día mi padre fue destinado a la capital del reino y tuvimos que marchar de aquel chalet donde vivíamos a un piso del centro urbano. El perro no podía venir con nosotros. Yo, con 7 años, poco pude hacer por defenderlo. Dyck, yo entonces no lo sabía, fue entregado a la Guardia Civil para que lo “educasen”, para que lo “disciplinasen” y lo convirtieran en un Rex, en un eficaz perro policía. Pero tuvieron algunos problemas con él. Dyck era un perro problemático. Fuera del reducidísimo círculo de nuestra familia eran todos enemigos, para él. Nadie que no fuera de los nuestros podía pasar tranquilo a su lado. Los Guardias Civiles comprobaron que no era suficientemente dócil. Quizá su memoria filogenética percibió esos aires arrogantes de los primeros perros salvajes que nos rondaron. El caso es que decidieron sacrificarlo, con un tiro. De esto me enteré una década más tarde. Incluso entonces me hizo llorar.

Curiosamente, en la finca donde residíamos, vivía otro pastor alemán de nombre.....¡¡¡Dyck!!!. Le cogí mucho cariño y siempre que lo veía lo acariciaba y mimaba. Era un perro muy dócil, abierto por completo a los extraños. Le recuerdo cuando ya era muy muy viejo, con 16 años, caminando pesadamente por el portal, con ojos tristes. Él sí murió viejo.

13 comentarios:

Carlos Paredes Levi dijo...

El encuentro entre el hombre y el perro estaba predestinado, tanto como la desigualdad en la relación, siempre desfavorable hacia el más débil (el más fiel amigo).

Germánico dijo...

Es una pena que el más poderoso no sea siempre el más noble.

Ijon Tichy dijo...

Un post diferente, al menos una parte. Lo cual está muy bien, la variedad siempre agrada.

Interesante el enlace sobre los orígenes de la alianza entre especies.

Y muy clarificador para poner de manifiesto que no todos los animales son iguales (Orwell lo sabía) y que no es lo mismo comerse un perro (o maltratarlo) que un pollo.

Germánico dijo...

¡Hay tanta humanidad en un perro!

Carlos Paredes Levi dijo...

Linda frase, Germánico¡¡¡
Pocos saben lo que significa contar con alguien que sabés no te va a traicionar. Alguien a quién no tenés que impresionar ni hacerte el ingenio o mostrarte brillante. Alguien que te quiere por lo que sos, no por lo que aparentás. Eso no tiene precio y sólo quien tuvo un perro lo sabe.

Juan Pablo dijo...

Este post me habilita moralmente para hacer una confesión:
Yo le doy de comer a mi perro en la boca con mi mano, bocado a bocado. Sí, y?
Hay una explicación muy profunda que sustenta ese "pelotudo" acto. Y es que me hace feliz. Me divierte. Me hace bien.
Lo que nunca supe es si habría tenido que pedir permiso a alguien...

(por favor no se lo cuenten a nadie, a no ser que haya tenido un perro)

Juan Pablo dijo...

Por cierto Germánico, capo, gracias por todo.

Germánico dijo...

Bueno Juan Pablo, dar de comer al perro es un acto de unión íntimo. El acto de dar de comer es de los que más vinculan (piensa en la lactancia y la relación madre-hijo).

Más excentrico encuentro yo a mi cuñado, que podía pasarse mirando rodar el bombo de una lavadora desde que esta empezaba hasta que terminaba. Es físico. Y ambas cosas están también íntimamente relacionadas.

La humanidad de un perro, Carlos, se debe a que este animal se nos asemeja mucho biológicamente, concretamente en los sentimientos. Adopta ante nosotros una actitud humilde y fiel que inevitablemente (o, como le gustaría a Juan Pablo, ineluctablemente) nos recuerda lo mejor de nosotros mismos, nuestra...humanidad.

Gracias a ti, Juan Pablo.

Peggy dijo...

es asi por desgracia son necesarias leyes cotra el maltrato animal :) muy buen post.

Chesk dijo...

¿un tiro? (:(:(:(:(:(:(

Iba a darte las gracias por la mención y comentarte sobre lo del proceso de domesticación de los perros pero me he puesto mala de leer eso. :(

Yo le doy de comer a mi perro en la boca con mi mano, bocado a bocado. Sí, y?

Te entiendo perfectamente.

Mi primer perro no quería comer. Se tiraba dos o tres días sin comer nada, sólo lo que picaba debajo la mesa.

Me tenía que sentar en el suelo a darle la comida con la mano. El colmo fue cuando le terminé dando un plato de lentejas...con cuchara.

(El que vea esto como un hecho de extraterrestres, que haga como que si yo no hubiera escrito nada...)

Germánico dijo...

Si, Peggy, algunos animales humanos solo entienden con el palo y la zanahoria.

Imagínate cómo se me contraería a mi el corazón, Chesk, cuando mi madre me dijo lo que había ocurrido 10 años después -y lo hizo sólo por mi insistencia.

"¿Qué fue de Dyck?"
"¿Qué fue de Dyck?"
"¿Qué fue de Dyck?".

No me lo quería confesar, sentía una especie de culpa.

berti dijo...

Qué bonito post. Yo también estoy enamorada de mi perra... es súper buena, nunca hace trastadas, duerme conmigo...

Germánico dijo...

Es una perra afortunada.

;)